miércoles, 12 de julio de 2017

Los Doce (Mt 10, 1-7)

P. Carlos Cardó, SJ
En conmemoración mía, óleo sobre lienzo de Walter Rane (2012), Museo de Historia de la Iglesia, Salt Lake City, Utah, Estados Unidos
En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: "No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos".
Jesús llamó a sus doce discípulos. Quiere prolongarse en el mundo por medio de ellos. Serán sus enviados (apóstoles), representantes suyos; por eso les da los mismos poderes que tenía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Hay, pues, una clara intención de señalar la continuidad entre la misión de Jesús y la de los Doce. La autoridad que les transmite y el envío a realizar la obra que Él hacía, determinan lo que va a ser la actividad de su Iglesia, allí representada como en su núcleo original.
Jesús elige a doce. El número corresponde a las doce tribus de Israel. Corresponde al nuevo pueblo de Dios, de los últimos tiempos, el Israel fiel que Jesús quiere congregar a partir de este germen inicial de doce galileos desconocidos y pobres. Pero así es el estilo de Dios, que actúa siempre en la debilidad y pequeñez, para sacar fuerza de lo débil, de modo que nadie se atribuya el éxito de la obra que Él realiza.
Es además un grupo heterogéneo. Se menciona primero a Simón Pedro y a los otros tres –Andrés, hermano de Pedro y los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago– cuyo llamamiento ha narrado ya Mateo en 4, 18-22, y que trabajaban en el lago de Galilea porque eran pescadores. De cinco de ellos no se dice nada: Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, y Tadeo.  
En el caso de Mateo, se menciona su oficio, probablemente por la extrañeza que causó que hubiese un publicano en el grupo. Hay un Simón apodado Cananeo, que no significa natural de Caná sino fanático, probablemente por pertenecer al grupo de los celotas. Y finalmente se menciona a Judas el traidor, con el apelativo gentilicio de Iscariote, que significa hombre de Ischaria o de Ischaris.
Todos son simples pescadores y artesanos de una de las regiones más deprimidas y olvidadas de Palestina. Ningún funcionario notable, ni escriba docto, ni acomodado terrateniente o comerciante de la zona. Viendo cómo la obra del Señor se continúa por medio de los creyentes, San Pablo dirá a los cristianos de Corinto: Fíjense, hermanos, a quiénes los llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia…; lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte… de modo que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios (1 Cor 1,26-29).
Así, a ese grupo de gente insignificante Jesús los reviste de poder para expulsar espíritus impuros y curar toda enfermedad y dolencia. Los reviste con su poder y autoridad para que realicen en la historia los signos concretos de la venida del reino. Al Mesías le sucederá la comunidad mesiánica, pero Él seguirá presente, comunicándole su poder para enfrentar y vencer al mal que actúa en el mundo. La eficacia de su acción liberadora se verá en la lucha contra los “espíritus inmundos” que tienen que ver con todo aquello que perturba, oprime y empobrece la vida humana.
La misión de Jesús, confiada a los apóstoles, es universal, pero Jesús reconoce el rol que le corresponde a Israel dentro del plan de salvación de Dios. Por eso los envía primero a los judíos. No transiten por regiones de paganos ni entren en los pueblos de Samaria. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Los hijos de Abraham, herederos de la promesa, son el pueblo que Dios se escogió para anunciar a todas las naciones su ofrecimiento de salvación. Pero se ha mostrado infiel a su vocación y no ha querido escuchar la voz de los profetas que insistentemente lo han llamado a restablecer su alianza con Dios. A ese pueblo Jesús quiere hacerle ver que el tiempo se ha cumplido y pueden aún convertirse a Dios creyendo en su Enviado y en la buena noticia que les trae. Pero el pueblo judío lo rechazará. Por eso, en adelante, el pequeño germen de los doce apóstoles dará origen al nuevo Israel de la nueva alianza. 
Ellos serán los encargados de propagar el mensaje de Jesús, el evangelio del reino, con sus palabras y sus signos, que ellos continúan, y con su presencia, que los guía. Por eso les dirá: El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a quien me envió (Mt 10, 40, cf. 28, 16-20). 

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