viernes, 21 de julio de 2017

El Hijo del hombre señor del sábado (Mt 12, 1-8)

P. Carlos Cardó, SJ
Jesús conversa con los doctores de la ley, ilustración de Alexandre Bida publicada en “La Vida Evangélica de Jesús, con ilustraciones de Bida”. Editado por Edward Eggleston. New York: Fords, Howard, & Hulbert, 1874. 
Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con Él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: "Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado". Él les contestó: "¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo. Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado".
El texto está en relación con el anterior de la llamada de Jesús a los que andan cansados y agobiados por una religión que oprime las conciencias con el legalismo y sofoca la libertad. Quiere hacer ver que lo importante es el espíritu, no la materialidad de la ley.
La escena es muy sencilla. Los discípulos de Jesús atraviesan con Él un sembrado en día sábado. Tienen hambre, arrancan espigas de trigo y se comen los granos. Un grupo de fariseos observan y reaccionan emplazando a Jesús como responsable del grupo: ¿No te das cuenta que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado? Representan a los sabios y prudentes que pueden conocer lo que está mandado, pero no conocen a Dios ni ayudan a la gente a encontrarse con Él. Se consideran los puros, con derecho a controlar la conducta de la gente  y oprimen a los demás en la red de preceptos y prohibiciones que han tejido, y que a ellos también oprimen. Su mayor preocupación era que todo el mundo cumpliera con el mandato del descanso en día sábado, y para garantizar su cumplimiento, habían especificado con exactitud treinta y nueve obras que estaban prohibidas en sábado.
Para responder, Jesús emplea el estilo rabínico de argumentación a base de citas de la Escritura, y concluye diciendo que Él está por encima del templo y del sábado y con esta autoridad declara que las instituciones religiosas, aun la más sagrada de ellas que es el templo y las leyes, aun la más sagrada de ellas que es la del sábado, están al servicio de las personas, para ayudarlas a encontrarse con Dios, no para oprimirlas.
La autoridad con que da este giro fundamental a la práctica de la religión y de la moral aparece como entrelíneas, entretejida en la relación que hay entre su persona y los temas santos de la Escritura que toca en su argumentación: la realeza de David, el templo, los panes de la ofrenda, el descanso sabático y las prerrogativas de los sacerdotes
En primer lugar, está la alusión a David, el rey santo, que prefigura al Mesías-rey por venir. Jesús es descendiente suyo, heredero de su trono, pero quien llevará a plenitud el significado y contenido de la realeza de Dios. En segundo lugar, el templo, la casa de Dios. Jesús es el nuevo templo; en él y por él el hombre tiene acceso real y directo a lo sagrado, porque él es la morada de Dios con nosotros, Emmanuel. El nuevo templo, que es su cuerpo, será destruido en la cruz, pero se levantará glorioso en la resurrección.
Los panes llamados de la proposición se guardaban en el Tabernáculo y simbolizaban la comunión ininterrumpida del pueblo con Dios, autor de los bienes de que gozaba Israel; se renovaban cada semana y sólo los podían consumir los sacerdotes. Esos panes eran un tímido anuncio del verdadero pan del cielo, que es el cuerpo de Jesús entregado para que quien lo coma tenga vida eterna.
Por último, los sacerdotes: eran los que tenían acceso al tabernáculo y ofrecían a Dios los sacrificios de alabanza o de expiación, para lo cual eran ungidos con aceite (Ex 29,7). Con Jesús se abre para todos el acceso a Dios. Él es el ungido y consagrado, capaz de ofrecer el único sacrificio que borra los pecados del mundo y une a Dios con nosotros.
En la argumentación de Jesús se ve que la presencia de David fue la que legitimó la acción que realizaron sus compañeros de comer los panes que sólo podían comer los sacerdotes. Asimismo, la presencia de Jesús es lo que legitima la acción de sus discípulos que está prohibida en sábado.
En el caso siguiente, Moisés exoneró a los sacerdotes del descanso sabático porque se dedicaban al cuidado del templo, que está por encima del sábado. Por su parte, Jesús, declarando su superioridad sobre el templo, hace ver que tiene autoridad para permitir que sus discípulos coman espigas en sábado. Y para cerrar su argumentación, Jesús cita al profeta Oseas que afirmó la superioridad del culto espiritual sobre el culto ritual (Os 6,6). 
Con ello demostraba que los fariseos no cumplían la voluntad de Dios revelada al profeta. Ellos exigían la observancia rigurosa de prescripciones y tradiciones humanas, pero descuidaban el mandamiento del amor misericordioso. Jesús, en cambio, obra como Dios quiere: poniendo por encima de todo la misericordia, cumple su voluntad. Y para que esto quede claro, sintetiza todo lo dicho con la afirmación: El Hijo del hombre es señor del sábado. Si algo es superior al sábado eso sólo es Dios. Jesús reivindica para sí tal superioridad, y con esa autoridad relativiza todas las leyes religiosas, subordinándolas a lo más importante en la vida: el amor misericordioso al prójimo.

jueves, 20 de julio de 2017

¡Vengan a mí los cansados y agobiados! (Mt, 11, 28-30)

P. Carlos Cardó, SJ
Niña dormida, óleo sobre lienzo, Camilo Minero (1957), Colección privada

En aquel tiempo, Jesús dijo: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera".
Esta invitación que hace Jesús, ¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!, se refiere en primer lugar a los judíos que se veían forzados a practicar una religión convertida por los fariseos y doctores de la ley en una intrincada red de reglamentaciones minuciosas de la ley mosaica, que sofocaba la libertad de las conciencias y era muy difícil de cumplir (Cf. Mt 23,4).
Jesús se muestra como un maestro muy diferente. La ley que enseña para el ordenamiento de las relaciones con Dios y con el prójimo es un yugo suave y una carga ligera, porque es ante todo la respuesta agradecida al amor de Dios que hace hijos e hijas a quienes creen en Él, y quiere ser amado y respetado con libertad, no por obligación ni por temor.
Además, la originalidad más característica de Jesús como maestro es que no reduce su enseñanza a la transmisión de normas y prohibiciones, sino que orienta a sus discípulos a una adhesión a su persona y a su mensaje, que equivale a seguirlo e imitarlo. A ello invita, no constriñe ni se impone. Ser discípulo suyo es entrar a una comunidad de vida con Él y con sus discípulos, caracterizada por relaciones mutuas de afecto y servicio, a través de las cuales, o al calor de las cuales, el discípulo va asimilando la forma de ser del maestro, sobre todo su amor misericordioso para con los pobres y los que sufren.
Por muchos motivos se puede pensar que la práctica de la fe cristiana hoy está muy lejos de aquella religión de la ley impuesta por el judaísmo fariseo. Pero no cabe duda que pervive aún como mentalidad en personas que buscan la seguridad de contar con el favor de Dios gracias al cumplimiento de lo que está mandado.
Se observa así la ley moral más por el temor al castigo o la esperanza del premio, que por el amor y gratitud hacia el Padre; pudiendo llegar incluso a un cumplimiento escrupuloso y rigorista de los detalles de la ley, pero sin poner en ello el corazón, que es lo Dios reclama.
Jesús llevó a la perfección y condensó toda la moral en su único y principal mandamiento. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo  (Gal 5,14). Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía de hacer las cosas para ser visto, en la vanagloria que lleva a juzgar a los demás, y en el orgullo de quien no puede aceptar la salvación como un don, porque prefiere tener la seguridad de ganársela con lo que hace.
El amor cristiano, en cambio, pone a la ley en su lugar, de medio y no de fin, y mueve a curar a un enfermo aunque esté prohibido hacerlo en día sábado, o a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores, aunque éste sea un comportamiento criticable. La nueva ley del amor ensancha el corazón, alivia y descansa, es justicia nueva, que me hace confiar no en lo que yo puedo hacer para santificarme, sino en lo que puede hacer en mí el amor de Dios (1 Cor 5,10). 
De esta certeza brota la inquebrantable confianza. Jesús nos la asegura con sus palabras: Vengan, yo los aliviaré. Por eso San Claudio de la Colombière llegaba a decir en su Acto de Confianza: “Dormiré y descansaré en paz… Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de sus vidas o sobre el rigor de sus penitencias, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque tú, Señor, sólo tú, has asegurado mi esperanza. En ti, Señor, esperé, y no quedaré defraudado. Y estoy seguro de que esperaré siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza”. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Bendito seas Padre (Mt, 11, 25-27)

P. Carlos Cardó, SJ
¡Oh Jerusalén!, óleo sobre lienzo de Greg Olsen (2012), Templo de Provo, Utah, Estados Unidos
En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Este trozo del evangelio de San Mateo es uno de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. Se le conoce como el grito de júbilo de Jesús (11,25-27) y hay quienes afirman que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos.
El texto hace referencia a una típica oración de Jesús. Lo central en ella es el apelativo Abba, Padre, con que Jesús se dirige a Dios. Expresa afecto, cariño, intimidad, y deja ver que Jesús se entiende a sí mismo en relación de hijo a padre con Dios. Es palabra aramea, tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha; el niño (y también el adulto) la dice por el gozo y confianza que la presencia de su padre le causa.
Con ella Jesús designa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que nadie antes había imaginado. Así lo siente y así lo ha integrado en su autoconciencia. Y como se trata de la experiencia afectiva más básica y profunda de un ser humano, se puede decir que la palabra Abba no se refiere al padre poniendo de lado a la madre (como opuesta o inferior a él) sino a un padre que ama con amor maternal, como aquel que más cerca está del niño por su afecto.
La palabra Abba dirigida a Dios es central en la fe cristiana. Dios es para nosotros ternura de máxima intimidad, sin dejar por ello de ser al mismo tiempo el Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra. Dios es más íntimo a mí que yo mismo y a la vez totalmente otro, misericordioso y justo, padre y madre.
Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos.
La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. 
Jesús se alegra de que el amor del Padre se haya revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo o hija de Dios. Dios ha querido hacernos hijos suyos (Ef 1, 5), así nos ha amado (1 Jn 3,1), y esta condición nuestra la vivimos por el Espíritu que nos hace llamar Abba a Dios. Este Espíritu, dice también San Pablo, viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inexpresables (Rom 8, 26). 

martes, 18 de julio de 2017

¡Ay de ti Corozaim, ay de ti Betsaida! (Mt 11, 20-24)

P. Carlos Cardó, SJ
Destrucción de Sodoma y Gomorra, óleo sobre lienzo de Pieter Schaubroeck (Siglo XVI), Galería Koller, Budapest, Hungría
En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:"¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizás estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti".
Jesús reprocha a las ciudades galileas de Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm, donde ha realizado la mayor parte de su predicación y de sus milagros, el no haber aceptado su mensaje y no haberse convertido. En el caso del centurión pagano (8, 11s), Jesús no dudó en decir: Les aseguro que jamás he encontrado en Israel una fe tan grande, y declaró que los paganos tendrían entrada en el reino de los cielos, mientras que los hijos del pueblo escogido serían echados fuera. Aquí corrobora esa afirmación, que iba en contra de las valoraciones bíblicas tradicionales, y anuncia castigos a Israel, representado en aquellas ciudades.
Son dos amenazas formuladas con una dureza extrema y precedidas por la exclamación: ¡Ay de ti! Es un lamento adolorido, una advertencia severa dirigida a quienes se niegan a aceptar el regalo que Dios les hace y le dan la espalda. A éstos Jesús los compara con Tiro y Sidón, ciudades fenicias famosas por sus riquezas y su soberbia, que explotaban a los pobres, y fueron golpeadas por el juicio de Dios, según el profeta Isaías (Is 23, 1-8).
Se menciona también a Sodoma, prototipo de ciudad corrupta, que fue destruida por una lluvia de azufre y fuego (Gen 19, 24ss). Pero todas ellas son menos culpables. Ellas no vieron las maravillas del amor de Jesús que Cafarnaúm y las ciudades galileas sí vieron. Por eso, con el estilo propio de los antiguos profetas, pronuncia palabras duras que ponen en crisis, mueven a abrir los ojos y a cambiar de actitud.
La palabra de Jesús pone de manifiesto lo que hay en el hombre, pero no condena a la persona. Condena el mal, no a quien lo comete. A éste, Jesús lo busca, le habla, lo reprende y está dispuesto a sanarlo. Por eso algunos interpretan la exclamación de Jesús ¡Ay de ti! como un lamento: dolor del amor no correspondido, dolor de Dios por el mal de sus hijos. Como los reproches de una madre al hijo que la desobedece y se hace mal a sí mismo.
Se podría decir que hasta que no se logra madurar en la fe para comprender que el castigo viene del mismo mal, que el mal hace mal, que el pecado perjudica y daña a quien lo comete, la conciencia no guiará a la persona por el camino de la libertad responsable sino por el de la sumisión ciega y temerosa a dictámenes y prohibiciones que le vienen del exterior y que puede transgredir o simplemente no tener en cuenta cuando la atracción de lo prohibido sea más fuerte que el sentimiento psíquico de culpabilidad y su acompañante, el miedo. Las cosas son malas no porque haya una ley que las prohíba, sino al revés: porque son malas, hay una ley que las prohíbe.
Si no se pasa de una moral, por así decir heterónoma, según la cual la persona es movida desde el exterior por el temor al castigo o la esperanza de un premio, a una moral autónoma, hecha de convicciones personales y, sobre todo, de sentido de la correspondencia y gratitud a tanto amor recibido en la vida, la persona seguirá inestable, incapaz de disponer de una firmeza suficientemente segura en el dominio de sus propios impulsos, sobre todo en las circunstancias críticas que los provocan o estimulan. 
Corozaim, Betsaida y Cafarnaúm no reconocieron los «prodigios» obrados por Jesús como una llamada al cambio de actitudes. También nosotros podemos cerrar los ojos a lo que el amor salvador de Dios obra en nuestra vida. De ello podemos sentir culpabilidad y nos pueden dar miedo las consecuencias.  Pero una cosa es clara: la mejor manera de ser fiel al Dios misericordioso que ha tocado mi existencia no es temerle sino corresponder con gratitud en el buen obrar.

lunes, 17 de julio de 2017

Seguimiento radical de Jesús (Mt 10, 34-11, 1)

P. Carlos Cardó, SJ
El abandonado, acuarela de Georges Roauault (1935-39), Galería de Arte de la Universidad de Rochester, Nueva York
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia. El que ama a su padreo a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa". Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades. 
Continúan las instrucciones que dio Jesús a sus apóstoles al enviarlos a predicar. Son condiciones muy duras, que no dejan lugar a la mediocridad. La adhesión a su persona ha de ser definitiva y total.
La primera es una declaración que hace Jesús de su propia misión. Ha venido al mundo como signo de contradicción: ante Él la gente se siente llamada a tomar posición por o contra Él. Sus enseñanzas unen y dividen. La paz que Él trae no es a cualquier precio. Es una paz que enfrenta todas las formas del mal, pero con el arma de su Palabra, que como espada de doble filo penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones del corazón, lo que es vida y lo que es muerte (cf Hebr 4,12).
Viene luego una alusión al Profeta Miqueas (7,6) que refuerza la idea de que su persona puede dividir incluso a los miembros de una familia. Es obvio que Jesús sabe que el amor a la familia es un sagrado mandamiento de Dios (así lo afirma varias veces: 15, 3-6; 19, 19); sin embargo, es consciente también de que quien se decida a vivir conforme a sus enseñanzas podrá experimentar un conflicto entre la lealtad que le debe a Él y la que debe a su familia; entonces tendrá que preferirlo a Él.
Y esto no debía asombrar demasiado a los primeros cristianos pues conocían las enseñanzas de los filósofos estoicos de su tiempo que afirmaban: «el bien debe estimarse más que cualquier parentesco» (Epicteto). Lo que Jesús afirma es que el vínculo de la fe ha de prevalecer sobre cualquier otro vínculo, incluso el de parentesco. El vivir en radicalidad la fe puede acarrear incomprensiones, críticas y rechazos aun de personas muy queridas, que no comparten todos los valores del evangelio.
Un eco de la fuerza con que el Dios celoso del Antiguo Testamento exigía fidelidad (cf. Ex 20,5; 34,14; Dt 4,24), resuena en las palabras de Jesús. No se le puede poner por debajo de nadie ni de nada. La adhesión a su persona ha de estar por encima. Por tanto, se han de posponer otros bienes y valores, que pueden seguir manteniendo su poder de atracción.
El creyente sabe cuál es la prioridad y por eso su opción funda­mental hace que el “valor” Dios, sea el más importante, en torno al cual debe girar toda su vida, y ante el cual todo ha de quedar relativizado. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí…. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
No dice que dejemos de amar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos... Lo que dice es que quien ama a su padre o a su madre más que a él, no es digno de él. No se le puede amar menos porque ya no sería el Señor, a quien se debe amar con todo el corazón y por encima de todo. Y si se le puede amar así –por encima de todo- es porque él nos amó primero (1 Jn 4, 19) y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20). A su pasión por mí, respondo con mi pasión por él. Así, Cristo viene a ser vida para el creyente, lo más importante del mundo, más que la familia, más que la propia vida.
Por lo demás, todos sabemos lo que puede ocurrir en las familias cuando uno de sus miembros opta por un cristianismo más auténtico y cambia visiblemente de conducta, o cuando uno siente la vocación a una mayor entrega en la Iglesia, o asume un estilo de vida solidario que le lleva a encaminar su vida profesional más a servir que a ganar dinero.
Más aún, el solo hecho de querer obrar con rectitud y honestidad en medio de un país, de una sociedad marcada por la corrupción de las costumbres, puede llevar al cristiano a la encrucijada de tener que optar entre lo que le ofrecen los hombres –que pueden ser incluso personas muy cercanas– y lo que pide Cristo.
En tales momentos el cristiano opta por Cristo y lo hace sin dejar en absoluto de amar a los suyos, aun sabiendo que puede quedarse solo, y sólo por la certeza interior de que, en definitiva, no puede haber oposición entre los amores humanos y el amor a Dios. Este cristiano redescubre y engrandece el amor que les tiene a sus seres queridos. Ha aprendido a amarlos en Dios y según Dios, ha aprendido a amarlo todo en Dios y para Dios.
La exigencia de la cruz, final y resumen de todo, incluye estar listo a dar la vida. No es amar a la cruz por sí misma ni al dolor por el dolor, sino desear imitar y seguir a Jesús hasta donde sea necesario, aun a riesgo de la propia vida. Una entrega así asegura el logro más feliz de la persona antes y después de la muerte.
El texto termina con un elo­gio de todo aquel que acoge al que va en nombre del Señor, al que es discípulo suyo, aunque sea un pobrecito. Hay una identificación entre los enviados y Jesús que los envía, su ser y su actuar se continúan en ellos: el que a ustedes recibe, a mí recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10,40; cf. Mt 25,31-46). El que dé de beber a uno de estos pobrecitos porque es mi discípulo, no perderá su paga.
Nota: este texto fue pubicado el del domingo 2 de julio, XIII del Tiempo Ordinario



domingo, 16 de julio de 2017

Homilía del domingo XV del tiempo ordinario - La Parábola de la semilla (Mt 13, 1-9)

P. Carlos Cardó, SJ

El sembrador, ilustración de la Biblia de Bowyer, de Robert Bowyer (1791-95)


Ese día Jesús salió de casa y fue a sentarse a orillas del lago. Pero la gente vino a él en tal cantidad, que subió a una barca y se sentó en ella, mientras toda la gente se quedó en la orilla. Jesús les habló de muchas cosas, usando comparaciones o parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, unos granos cayeron a lo largo del camino: vinieron las aves y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, con muy poca tierra, y brotaron en seguida, pues no había profundidad. Pero apenas salió el sol, los quemó y, por falta de raíces, se secaron. Otros cayeron en medio de cardos: éstos crecieron y los ahogaron. Otros granos, finalmente, cayeron en buena tierra y produjeron cosecha, unos el cien, otros el sesenta y otros el treinta por uno. El que tenga oídos, que escuche»".
Jesús explica el misterio de su vida, del desarrollo del reino de Dios y de su Palabra que actúa en nosotros. El centro de la parábola es la semilla. Pero se destaca la idea de que la siembra se frustra cuando la tierra es superficial, o pedregosa, o llena de malezas; sólo al final se logra una cosecha abundante. Probablemente Jesús pronunció esta parábola en el contexto histórico del fracaso que vivió en su predicación en Galilea. La gente dudó de Él como Mesías, no creyó en la venida del reino que Él anunciaba.
Jesús revela el modo como Dios lee las cosas y nos enseña a entender lo que acontece en nuestro mundo tan contradictorio. Nos hace ver que el Reino de Dios ya está inaugurado y marcha hacia su realización plena, pero que no tiene un desarrollo homogéneo y triunfal. La acción de Dios choca con el mal y con las resistencias que le oponemos. Pero –esta es la sorpresa– su éxito final está asegurado. Dios es señor de la historia.
Con esta parábola Jesús quiere recuperar la confianza de la gente, sobre todo de sus discípulos. Se puede llamar la parábola de la confianza porque hay en ella una llamada a fiarnos de la obra de Dios. La acción confiada del sembrador que esparce la semilla interpela al creyente para que salga de sus temores y apatías, cobre valor y se abra a la novedad del futuro que viene al encuentro del presente. No se trata de una confianza fácil y optimista. Hay muchas dificultades que superar y obstáculos que enfrentar.
A estas dificultades alude la alegoría de las distintas clases de tierra. Más que cuatro tipos de hombres, son cuatro niveles o formas de escuchar la Palabra de Dios que conviven en cada uno de nosotros.
La semilla caída en la tierra del borde del camino significa que podemos escuchar la Palabra pero sin entenderla, sin asimilarla, porque nuestras maneras de pensar, nuestras costumbres y prejuicios la echan a perder. Encerrados en nosotros mismos, no advertimos la baja calidad humana y cristiana de nuestra vida, y nos defendemos, arguyendo que no tenemos nada que aprender, ni nada que cambiar.
La semilla que cae en terreno pedregoso acontece cuando escuchamos el mensaje evangélico y lo acogemos con alegría, pero las presiones y tensiones internas y externas a que estamos sometidos impiden que lo tengamos en cuenta en la vida diaria, y no dejamos que los valores del evangelio influyan realmente en nuestra vida y orienten nuestras decisiones y conducta. Todo queda en buenos sentimientos y deseos, que no se traducen en obras, ni en un compromiso cristiano efectivo.
La caída de la semilla en tierra llena de malezas ocurre cuando permitimos que la Palabra arraigue en nosotros y crezca, pero después las preocupaciones mundanas y el engaño de las cosas que el mundo nos ofrece para ser felices, actúan en nosotros sofocando los valores evangélicos, restándoles atractivo y fuerza, hasta hacerlos caer en el olvido.
 Pero se da también en nosotros la tierra buena en la que la semilla sí puede dar fruto. Esa buena tierra es lo mejor nuestro, aquello que nos honra y nos hace sentir realmente bien: cuando somos capaces de gestos de generosidad y de amor admirables. Entonces, nos hacemos disponibles a lo que el Señor nos pide.
Mantenernos como tierra buena no es tarea de un día ni de dos; es proceso lento y constante. Pero es un esfuer­zo sostenido por nuestra confianza en Dios. A pesar de las dificultades de la siembra, Jesús nos asegura el buen resultado. Su Palabra es capaz de atravesar el espesor del mal en nuestro corazón y convertirnos a Él.
Jesús nos invita a observar las resistencias que oponemos a su mensaje, no para abatirnos sino para reconocer dónde y cómo Él mismo lucha con nosotros para tomar posesión de nuestro corazón. Nos pide que analicemos nuestras resistencias y pidamos vernos libres de ellas para acoger lo que Él quiere darnos. 
Al celebrar la Eucaristía, Dios siembra en nosotros la Palabra, que se proclama de manera más solemne que en otras ocasiones. Renovamos la confianza en la obra de Dios en nosotros y pedimos que al comer el cuerpo de Cristo en la comunión, su palabra se haga vida en nosotros. 

sábado, 15 de julio de 2017

No tengan miedo (Mt 10, 24-33)

P. Carlos Cardó, SJ
La exhortación a los apóstoles, acuarela de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, 
Nueva York
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos". 
El texto forma parte de las instrucciones que dio Jesús a sus discípulos antes de enviarlos en misión. En esta sección, los exhorta a no tener miedo (vv. 26.28.31) y a estar dispuestos a dar testimonio (vv.32-33).
La primera sentencia de este párrafo se refiere a la relación que existe entre el discípulo y su maestro, y entre el siervo y su patrón. El destino de Jesús será también el de sus discípulos. Si lo han calumniado a él, atribuyendo su poder de librar a la gente de espíritus impuros a un influjo de Belcebú, príncipe de los demonios, ellos también sufrirán incomprensiones y ataques. La Iglesia debe contar con la oposición del mundo a su labor evangelizadora. Reproducirá así la via crucis seguida por su Señor y esto mismo le servirá de consuelo y fortaleza.
No tengan miedo, les dice a sus discípulos de entonces y de ahora. Su misión genera sensación de miedo. Ya en el Antiguo Testamento (en los relatos de vocación), los llamados por Dios perciben enseguida las dificultades de la tarea y buscan escabullirse del encargo recibido. Moisés, ante la magnitud de la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud, se fija en su falta de capacidad y replica: ¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto? Yo no tengo facilidad de palabra... soy torpe de palabra y de lengua (Ex 3,11, 4,10).
De manera parecida reaccionan los jueces (Gedeón: Jue 6,15) y los profetas (Jeremías: Jr 1,6). Los discípulos de Jesús saben que, por predicar con libertad, Juan Bautista ha sido asesinado por Herodes (Mt 14,1-12). Ven además que el mismo Jesús, aunque logre el aplauso de la gente sencilla, choca con la resistencia de los dirigentes. Naturalmente les da miedo salir a predicar: no todos los van a recibir ni los van a escuchar (10,14), son enviados como ovejas en medio de lobos, los van a perseguir… (10,16-25).
En este contexto, Jesús les repite tres veces: ¡No tengan miedo! Quiere que tengan el coraje de anunciar en voz alta, a plena luz, y desde las terrazas los valores del reino de Dios que él les ha transmitido en la intimidad del grupo que ha formado. ¿Y el miedo a la persecución? Tampoco, porque la tarea evangelizadora no se puede paralizar por la aversión que sientan sus perseguidores. Podrán quitarles la vida terrena, pero no podrán arrebatarles la vida del espíritu.
El cuerpo no es la vida; viene de la tierra y vuelve a la tierra. La vida que nadie puede matar es el Espíritu. El problema, por tanto, no ha de ser cómo salvar el cuerpo, sino cómo vivir la vida corporal, temporal, encarnando en ella los valores del reino, pues en esto consiste la vida verdadera. Quien no vive así, está ya muerto. Además, los discípulos de Jesús no deben olvidar que, por encima de todos los poderes del mundo, hay un Dios Padre, en cuyas manos providentes están hasta los gorriones, que no valen más que unos céntimos en el mercado. Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues ustedes valen más que todos los pajaritos juntos
Así, pues, el seguimiento de Jesús implica empeñar la vida, sin cálculos ni restricciones. Y eso sólo es posible para quienes tienen la certeza de que siguiendo a Jesús alcanzan una indudable plenitud. Como Iglesia saben que hay valores en el evangelio que no se pueden transmitir sino en la cruz y desde la cruz. Eso los libra de querer actuar pensando únicamente en la supervivencia y seguridad de sus instituciones, o en el mantenimiento de favores y privilegios. Obrar así es meter la luz bajo el celemín y volver insípida la sal.

viernes, 14 de julio de 2017

Epílogo de Marcos. Vayan por todo el mundo (Mc 16, 15-20)

P. Carlos Cardó, SJ
El camino de Emaús, pastel en papel de Fritz von Uhde (1891), Galería Neue Meister, Dresde, Alemania
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Estos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos".El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían.
Se trata indudablemente de un texto añadido al evangelio de Marcos en una época muy tardía, quizá hacia la mitad del siglo II. La razón que se da a este añadido es la desazón que causaba a las primeras comunidades el final tan abrupto de Marcos que cierra su evangelio con el miedo y huída de las mujeres del sepulcro vacío (Mc 16, 1-8). Se buscó por eso una prolongación de los relatos que condujeran a un final más adecuado.
De entre los diversos textos que se escribieron con este fin se escogió éste, por armonizar mejor con la temática general del evangelio de Marcos. Sin embargo, aunque se trate de un añadido, no deja de ser un texto inspirado y canónico, que como tal fue sancionado por el Concilio de Trento. Más aún, varios Santos Padres como Clemente Romano, Basilio, Ireneo lo citan en sus escritos como texto que según ellos no disonaba con el evangelio y contenía innegable valor para la Iglesia.
El texto refleja las inquietudes y preocupaciones de la primera comunidad cristiana de Roma, en donde fue escrito este evangelio. Son cristianos que no han visto al Señor, pero han llegado a la fe en Él por el ejemplo y predicación de los apóstoles y de los primeros testigos.
Por eso el texto enumera los sucesivos testimonios de la resurrección de Jesucristo aportados a la comunidad. En primer lugar el de María Magdalena. Se alude a la acción sanante realizada por Jesús en favor de ella, liberándola de siete demonios, es decir, de siete males, siete enfermedades.
Luego se subraya el estado de tristeza y llanto en que estaban los discípulos, que no creyeron en el anuncio de Magdalena: al oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no le creyeron. Se menciona después la experiencia de los de Emaús y el testimonio que dieron a los demás, y que tampoco fue aceptado. Por último, se refiere la aparición del Resucitado a los Once reunidos en torno a la mesa. Y pone aquí el redactor el envío en misión para anunciar la buena noticia a toda criatura.
La comunidad aparece como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo permanece en ella, con su palabra y sus acciones salvadoras. Su poder salvador se prolonga en ella.
Una preocupación de la comunidad debió de ser la permanencia y actuación del misterio del mal en el mundo a pesar de la victoria de Cristo Resucitado. Tendrán que abrirse a la fe/confianza en el Cristo vencedor que, no obstante, sigue actuando también por medio de los creyentes, a quienes ha dotado de poderes carismáticos para enfrentar el mal y vencerlo.
Jesucristo Resucitado es el verdadero fundamento de la fe de la comunidad cristiana y por medio de ella continúa anunciándose y manifestándose el reinado de Dios y la salvación para el que crea y se bautice.
La ascensión del Señor, presentada según el esquema de glorificación, revela que Jesucristo reina y que extiende su soberanía a todas las naciones de la tierra por medio de la palabra de sus enviados.
Nota: Este evangelio y su comentario fueron publicados el 25 de abril en este mismo blog.


jueves, 13 de julio de 2017

Proclamación del reino cercano (Mt 10, 7-15)

P. Carlos Cardó, SJ
Los discípulos curando enfermos, óleo sobre lienzo de Henry Ossawa Tanner (1930), Colección de Arte Afro-Americano de la Universidad Clark Atlanta, Estados Unidos
En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: "Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente. No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad".
Antes de enviarlos en misión, Jesús dio a sus apóstoles una serie de instrucciones, que en los evangelios sinópticos aparecen como consignas (Mc 6, 8-11; Lc 6, 12-16). Perfilan un estilo de vida semejante al de Jesús, es decir, el de un predicador itinerante que va de pueblo en pueblo y vive de lo que le dan. Ese estilo ha de ser el de sus discípulos. No se puede seguirlo de otra manera.
Con sus seguidores Jesús inicia, pues, un movimiento de misioneros itinerantes que se prolonga en la forma de vida y de trabajo de la primitiva comunidad cristiana. Sin embargo, si se compara la versión más antigua de Mateo con las posteriores de Marcos y Lucas, se puede ver que estos han suavizado un poco las exigencias. A lo largo del siglo I, las comunidades cristianas primitivas recogieron y compararon las diversas tradiciones de las sentencias de Jesús, y las fueron adaptando según las circunstancias. El resultado es que en su conjunto, por encima de las diferencias, hay un modo de proceder, un estilo de trabajo, una forma de ser que caracteriza al discípulo y que es la prueba decisiva del seguimiento de Jesús.
Leídos el día de hoy, estos textos evangélicos nos hacen ver fácilmente la distancia enorme que hay entre nuestras comunidades cristianas actuales y aquellas comunidades de misioneros itinerantes, sin techo propio, pobres en extremo, que recorrían los pueblos y ciudades transmitiendo las enseñanzas de Jesús. Por ello, la tentación ha sido creer que las exigencias planteadas por Jesús a los apóstoles enviados en misión no tienen validez general, fueron algo singular y circunstancial, que poco después fue sustituido por la Iglesia misma por otros modos de predicación y de vida de los misioneros.
Esto supuesto, la validez perenne de estos textos —al igual que los de Hechos de los Apóstoles referentes al modo de vida de los primeros cristianos (Hech, 4…)— está  en el hecho de que, en su conjunto, trazan la línea de mira, el horizonte al que debe tender la Iglesia y los cristianos si quieren en verdad parecerse en su forma de vida y en su trabajo evangelizador a lo que Jesús quiso. No caben subterfugios. Las exigencias que Jesús planteo a sus apóstoles constituyen el ideario en función del cual el cristiano ha de hacer su examen de conciencia.
La labor de los apóstoles es anunciar ante todo el reinado de Dios. Este anuncio lo han de hacer por medio de la predicación y de las curaciones. Se oye como un eco de la predicación de Juan Bautista (3, 2) y de Jesús (4, 17; cf. 9, 35), anunciando la inminencia de la venida del reino y la necesidad de la conversión. Es el mismo anuncio el que han de hacer los seguidores de Jesús (la Iglesia).
Y con la misma fuerza, ligado  al mandato del anuncio, viene el de suscitar los signos de la presencia del reino: Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Los signos de liberación de la gente necesitada están asociados constitutivamente con la labor evangelizadora de la Iglesia. No se trata de un simple deber ético ni de una piadosa acción de beneficencia, sino de promover en el pueblo de Dios, sobre todo en los pobres y en los que sufren, experiencias concretas de salvación y liberación, que anticipen, al menos parcialmente, la vida plena, salvada y resucitada, que el reino traerá consigo.
Siguen una serie de recomendaciones sobre el comportamiento que han de tener los misioneros. La primera es la de ir sin dinero ni provisiones para el viaje (ni siquiera el bastón y las sandalias que en Lucas sí se permiten). Lo que Mateo quiere subrayar es la disponibilidad total para la misión y la libertad del apóstol frente a cualquier necesidad o interés material. De la gratuidad del servicio dependerá en gran medida la credibilidad de lo que prediquen. Irán, pues, de casa en casa, ofreciendo la paz, signo de la salvación mesiánica, que vendrá sobre quienes la acojan como el don de Dios. 
Y finalmente, el sacudirse el polvo de los pies en señal de ruptura y distanciamiento, afirma con toda seriedad que se entra al Israel de Dios si se acoge con libertad el don de lo alto y que lo contrario es quedar privado de vida. Con ese gesto profético ponen de manifiesto la separación que la venida de Jesucristo ha producido y la necesidad de definirse.

miércoles, 12 de julio de 2017

Los Doce (Mt 10, 1-7)

P. Carlos Cardó, SJ
En conmemoración mía, óleo sobre lienzo de Walter Rane (2012), Museo de Historia de la Iglesia, Salt Lake City, Utah, Estados Unidos
En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: "No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos".
Jesús llamó a sus doce discípulos. Quiere prolongarse en el mundo por medio de ellos. Serán sus enviados (apóstoles), representantes suyos; por eso les da los mismos poderes que tenía: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Hay, pues, una clara intención de señalar la continuidad entre la misión de Jesús y la de los Doce. La autoridad que les transmite y el envío a realizar la obra que Él hacía, determinan lo que va a ser la actividad de su Iglesia, allí representada como en su núcleo original.
Jesús elige a doce. El número corresponde a las doce tribus de Israel. Corresponde al nuevo pueblo de Dios, de los últimos tiempos, el Israel fiel que Jesús quiere congregar a partir de este germen inicial de doce galileos desconocidos y pobres. Pero así es el estilo de Dios, que actúa siempre en la debilidad y pequeñez, para sacar fuerza de lo débil, de modo que nadie se atribuya el éxito de la obra que Él realiza.
Es además un grupo heterogéneo. Se menciona primero a Simón Pedro y a los otros tres –Andrés, hermano de Pedro y los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago– cuyo llamamiento ha narrado ya Mateo en 4, 18-22, y que trabajaban en el lago de Galilea porque eran pescadores. De cinco de ellos no se dice nada: Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, y Tadeo.  
En el caso de Mateo, se menciona su oficio, probablemente por la extrañeza que causó que hubiese un publicano en el grupo. Hay un Simón apodado Cananeo, que no significa natural de Caná sino fanático, probablemente por pertenecer al grupo de los celotas. Y finalmente se menciona a Judas el traidor, con el apelativo gentilicio de Iscariote, que significa hombre de Ischaria o de Ischaris.
Todos son simples pescadores y artesanos de una de las regiones más deprimidas y olvidadas de Palestina. Ningún funcionario notable, ni escriba docto, ni acomodado terrateniente o comerciante de la zona. Viendo cómo la obra del Señor se continúa por medio de los creyentes, San Pablo dirá a los cristianos de Corinto: Fíjense, hermanos, a quiénes los llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia…; lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte… de modo que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios (1 Cor 1,26-29).
Así, a ese grupo de gente insignificante Jesús los reviste de poder para expulsar espíritus impuros y curar toda enfermedad y dolencia. Los reviste con su poder y autoridad para que realicen en la historia los signos concretos de la venida del reino. Al Mesías le sucederá la comunidad mesiánica, pero Él seguirá presente, comunicándole su poder para enfrentar y vencer al mal que actúa en el mundo. La eficacia de su acción liberadora se verá en la lucha contra los “espíritus inmundos” que tienen que ver con todo aquello que perturba, oprime y empobrece la vida humana.
La misión de Jesús, confiada a los apóstoles, es universal, pero Jesús reconoce el rol que le corresponde a Israel dentro del plan de salvación de Dios. Por eso los envía primero a los judíos. No transiten por regiones de paganos ni entren en los pueblos de Samaria. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Los hijos de Abraham, herederos de la promesa, son el pueblo que Dios se escogió para anunciar a todas las naciones su ofrecimiento de salvación. Pero se ha mostrado infiel a su vocación y no ha querido escuchar la voz de los profetas que insistentemente lo han llamado a restablecer su alianza con Dios. A ese pueblo Jesús quiere hacerle ver que el tiempo se ha cumplido y pueden aún convertirse a Dios creyendo en su Enviado y en la buena noticia que les trae. Pero el pueblo judío lo rechazará. Por eso, en adelante, el pequeño germen de los doce apóstoles dará origen al nuevo Israel de la nueva alianza. 
Ellos serán los encargados de propagar el mensaje de Jesús, el evangelio del reino, con sus palabras y sus signos, que ellos continúan, y con su presencia, que los guía. Por eso les dirá: El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a quien me envió (Mt 10, 40, cf. 28, 16-20).