martes, 19 de septiembre de 2017

El hijo de la viuda de Naím (Lc 7, 11-17)

P. Carlos Cardó, SJ
 
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím, óleo sobre lienzo de Pierre Bouillon (1817 aprox.),  Museo de Tessé, Le Mans, Francia
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: "No llores". Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: "Joven, yo te lo mando: Levántate". Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo".La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Se puede decir que este relato de Lucas destaca más la misericordia que el poder mismo de Jesús de hacer retornar a la vida a un joven. Nos presenta a Jesús como el portador de la misericordia de Dios para su pueblo, portador de vida y auxilio del afligido.
Nahím en hebreo significa vergel, jardín hermoso. Pero lo que ve Jesús al entrar en ese pueblo no es un jardín de delicias sino de desdicha. Lo que encuentra no es vida, sino muerte, un cortejo fúnebre.
En medio del sepelio se destaca la protagonista del relato, una viuda. En la sociedad judía de entonces, la seguridad de la mujer era el varón; sin él, quedaba indefensa y desvalida. La mujer del relato no tiene ni siquiera al hijo que la sostenga. En la Biblia la viuda, junto con los niños y los extranjeros, son los preferidos de Dios, que los cuida y defiende (cf. Sal 68, 5; Dt 10, 18). Por eso, la religión agradable a Dios consiste en hacer el bien, buscar el derecho, proteger al oprimido, socorrer al huérfano y defender a la viuda (Is 1, 17).
Conviene observar que es la primera vez que el evangelio de Lucas designa a Jesús con el título de Señor, Kyrios, que encierra una confesión de fe. Jesús, el Kyrios, es quien restituye a los hijos a la vida. El título de Señor, Adonai, que los hebreos atribuían a Dios, destacaba la idea de poder y dominio soberano, equivalía a señor, amo, gobernante. Jesús, en cambio, es Señor porque es un Dios que se conmueve, un Dios, con corazón.
Conmovido, pues, por la situación de la mujer, Jesús la ve y le dice: No llores más. Él sabe que es natural que llore, pues no hay mayor dolor que el de un padre o una madre que deben enterrar al hijo. Todo el dolor y llanto que a todos causa una muerte así, abruman a esta mujer. Y Jesús lo ve y lo siente en sus entrañas.
Siempre se mostró sensible ante el dolor de los demás, como cuando se conmovió ante la multitud hambrienta y como llorará ante la tumba de su amigo muerto o al prever la tragedia de Jerusalén, la santa ciudad. El llanto cubre como un velo la desesperanza por lo irremediable. Entonces, el llanto pugna por expresar lo que las palabras ya no pueden. De esa desesperanza, del llanto amargo y fatalista Jesús quiere librarnos. No quiere,  como dice San Pablo, que los creyentes no se aflijan como los que no tienen esperanza (1 Tes 4, 13). La fe en Cristo infunde esperanza en la victoria suprema sobre la muerte.
Dice a continuación el relato que Jesús se acercó y tocó el ataúd. Dios en su Hijo se ha aproximado hasta el fondo de nuestra miseria, ha tocado nuestro dolor y nuestro destino de muerte. Tocando el leño de la cruz vencerá definitivamente a la muerte.
Muchacho, a ti te lo digo, levántate, le ordena Jesús. Le dirige la palabra creadora que de la muerte suscita vida. En ella está todo su poder salvador, que nos lleva a decir: Yo espero en el Señor con toda mi alma y confío en su palabra (Sal 130,5).
Dice el relato que el joven revivido, simplemente se incorporó  –pálido reflejo del Cristo que sale victorioso de la tumba– y se puso a hablar. El hablar, el poder de comunicarse, es una característica del ser humano. Sólo la persona humana tiene la capacidad de comunicarse mediante la palabra y por eso es imagen y semejanza de Dios que, por ser amor, es esencialmente relación, comunicación.
El pecado rompe en el ser humano la imagen de Dios y encierra al sujeto en sí mismo. El joven del relato padecía la muerte, que en la Biblia es consecuencia del pecado de la humanidad. La liberación que Cristo le aporta se simboliza en el devolverle la capacidad de relacionarse mediante la palabra.
El asombro cunde entre la gente. Interpretan el signo no sólo como un favor a la viuda y a su hijo, sino para todo el pueblo. Ven en Jesús la presencia del poder de Dios que ha visitado a su pueblo. Y la noticia se propagó, la buena noticia de que la muerte ha sido vencida.
Este evangelio nos toca en nuestras tristezas, miedos y desesperanzas. Para todo el que llora, para todo el que muere, Jesús es el Kyrios Vencedor.

lunes, 18 de septiembre de 2017

No teman, pequeño rebaño (Lc 12, 32-34)

P. Carlos Cardó, SJ
 
Belisario pidiendo limosna, óleo sobre lienzo de Jacques-Louis David (1781), Palacio de Bellas Artes de Lille, Francia
En aquel tiempo dijo Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le ha parecido bien darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».
No teman, repite Jesús con frecuencia en el evangelio. El miedo se opone a la fe, cuya raíz esencial es la confianza. Al contrario, el amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. (1Jn 4, 18).
El llamado “temor de Dios”, que según la Biblia es inicio de la sabiduría (Prov 1,7), no se debe confundir con el miedo que es una reacción instintiva ante una amenaza; temor de Dios es sinónimo de respeto y reverencia, es aceptación de su paternidad y de su señorío en todo, y va unido a la confianza filial, por eso: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! (Sal 128, 1). A ése, el Señor lo bendice con toda abundancia de bienes y su existencia transcurre segura.
Con verdadero afecto, Jesús llama a sus discípulos pequeño rebaño. Es el Buen Pastor que ama a sus ovejas, las conoce y ellas le siguen; más aún, nadie se las arrebatará (cf. Jn 10, 27-28). Ese pequeño grupo constituye el germen del que brotará la Iglesia de Cristo que, a su vez, será también pequeño rebaño, sin pretensiones de grandeza. Sólo así, si no se deja contagiar de la grandeza de los grandes de este mundo, confiará siempre en su Señor, que la ama y la cuida con cariño como un esposo a su esposa (Ef, 5, 29).
En otra ocasión Jesús se alegró porque su Padre había revelado los misterios de su reino a sus discípulos y a la gente sencilla (Cf. Lc 10, 21). Ahora expresa una mayor satisfacción porque siente que la paternidad solícita de Dios, que conoce a cada uno de los que Él le ha dado, ha querido darles el reino.
El Padre tiene un plan que debe cumplirse: otorgar el don de su reino a la comunidad de los discípulos de Jesús (de todos los tiempos), aunque sea pequeña, amenazada e indefensa como un pequeño rebaño. Pero este don tienen que hacerlo ver los discípulos mediante su disposición pronta a compartir lo que tienen con los necesitados. Así se implanta el reino del Padre.
Por eso Jesús añade: Vendan lo que tienen y den limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
No es una exhortación a despreciar los bienes como si fueran malos o a descuidar el dinero. Lo que Jesús propone es un estilo de vida, caracterizado por la superación del ansia de posesión y por la esperanza en los bienes del reino, que significan la realización plena del ser humano y promueve en la tierra el fomento de la justicia. Para tener el corazón puesto en Dios, que es el tesoro verdadero, la persona deja de pensar sólo en sí misma, se abre al compartir fraterno y se muestra capaz de hacer uso de los bienes con la libertad de poder usarlos o dejarlos cuando convenga.
Es no vivir para el dinero ni poner toda la seguridad en él. La verdadera riqueza no es lo que uno tiene, sino lo que comparte. Eso significa acumular bienes en el cielo, es decir, ponerlo todo en Dios y su reino, que es el verdadero tesoro.
La palabra limosna no aparece en el Antiguo Testamento, pero el atender al extranjero, al huérfano y a la viuda (Dt 24,19) era una ley sagrada ordenada por Dios a Israel: no endurecerás tu  corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le darás lo que necesite (Dt 15, 7; cf., 8, 11; 26, 12; Lv 25, 35).
Cristo exhortó a la práctica de la limosna, pero advirtió que no se debía realizar con ostentación buscando la alabanza de la gente (Cf. Mt 6, 2-4).
En la Biblia, la limosna es expresión de justicia. Equivale a darle al otro lo que necesita para poder vivir. Porque todos somos hermanos, no es justo que uno posea y el otro desfallezca en la miseria. Es justicia distributiva.
Para hacerla eficaz y para que se cumpla el plan del Creador, que hizo todos los bienes para sirvieran para el sustento de todos, la limosna adquiere el carácter de la cooperación nacional e internacional, del subsidio a las obras de beneficencia, de solidaridad con los damnificados por calamidades, de inversiones para el fomento de la educación y la salud de los menos favorecidos en la sociedad.
Hay múltiples maneras de practicar la limosna.  Hay muchas maneras de ser justo según el evangelio, con la justicia mayor (el camino más excelente, de 1Cor 12, 31), que encuentra su perfección en la misericordia y promueve la fraternidad.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Domingo XXIV del Tiempo ordinario - La parábola del perdón (Mt 18, 21-35)

P. Carlos Cardó, SJ
 
El funcionario deshonesto, ilustración de Eugene Burnand en “Les Paraboles”, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)
En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: "Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?". Jesús le contestó: "No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete".Entonces Jesús les dijo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola.
La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era  un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda.
Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a Él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca.
Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con Él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que Él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido.
Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión.
El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza.
Pero es de justicia, se suele argüir. En efecto, lo es pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor.
Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló de perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos.
Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre  podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo.
Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

sábado, 16 de septiembre de 2017

No basta decir Señor, Señor (Lc 6, 43-49)

P. Carlos Cardó, SJ
Sierra Nevada, Granada, óleo sobre lienzo de Joaquín Sorolla (1917), colección privada
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida".
Jesús ha señalado las características de los falsos guías y maestros: su ceguera por falta de misericordia, su hipocresía por pretensión de protagonismo, el erigirse en jueces de los demás por creerse los puros. Ahora señala el origen de todo eso: el corazón, cuya bondad o malicia se conoce por las actitudes que genera. No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos.
La peor malicia es la del corazón endurecido, petrificado, que no siente y no reconoce su propio mal y por eso no se hace objeto de la misericordia; no siente que la necesita. Naturalmente, tampoco tendrá misericordia de los demás. El origen de la misericordia y de las buenas acciones radica en el corazón. El corazón bueno lleva a ver las cosas buenas, el corazón malo se fija sólo en lo malo.
Reconocer la propia necesidad de cambiar nuestro interior es fundamental: Crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo (Sal 51, 10). La persona advierte entonces que la misericordia de Dios puede curar su maldad, siente su amor indulgente, y esto la abre a la comunión con su prójimo, a quien debe perdón.
No basta decir Señor, Señor. Jesús descalifica las expresiones de fe que se quedan en peticiones y alabanzas, pero no van acompañadas de acciones buenas que demuestren que la persona busca ante todo hacer la voluntad de Dios y no la suya propia. Puede, en efecto, hacer muchas obras buenas por propia iniciativa y voluntad, pero sin buscar primero lo que Dios realmente le pide.
No basta con orar ostensiblemente, invocar a Dios con aparente sinceridad, si no se tiene la actitud de servicio, que demuestra la autenticidad de la oración. La oración debe llevar a conocer lo que el Padre quiere de nosotros, y disponernos a ponerlo en práctica. No basta decir “Señor, Señor”, la verdadera fe pasa por el corazón y se verifica en el amor a los demás.
En la parábola que viene a continuación, Jesús contrapone el practicar con el no practicar sus enseñanzas, y las consecuencias que eso trae. Para lo primero, emplea la comparación de un constructor calificado de “prudente”, que edificó su casa sobre cimiento firme, de roca. Cuando el río se desbordó y las aguas chocaron contra ella, la casa se mantuvo en pie por el fundamento que tenía.
Para lo segundo, describe el proceder del “necio”, que construyó sobre suelo arenoso. Se produjo una inundación y  la casa no pudo sostenerse, quedando convertida en ruinas. El discípulo está advertido. No basta tener buenas ideas, hay que llevarlas a la práctica. Importa saber las enseñanzas, pero más decisivo es cumplirlas. Hay que interiorizar,  pero también exteriorizar la fe con obras de amor y justicia, eso es lo que el Padre quiere.
Pero para que la ética del deber esté bien orientada, hay que ponerle corazón. Corazón y acción constituyen la máxima expresión de acogida del mensaje de Jesús. Jesús habla a la razón, pero toca también los sentimientos y los afectos, sin los cuales la práctica de los principios morales no dura porque resulta una imposición venida de fuera. El evangelio abraza y dinamiza a la persona en su integridad. Ofrece verdades que orientan al buen vivir, pero que, si se escuchan con el corazón (afecto, sentimiento) arraigan en la conciencia como convicciones personales profundas.
El establecimiento del vínculo entre el corazón –centro íntimo de la persona, origen de las convicciones y actitudes–, y el comportamiento exterior –el obrar y el hablar–, no es tarea de un día, equivale al proceso de devenir el individuo una persona adulta, autónoma y responsable.
A medida que la conciencia va siendo iluminada y purificada por la  Palabra, la conducta de la persona va demostrando un comportamiento, un obrar, cada vez más auténtico para su propio bien y el de los demás. Sus decisiones y sus actos ya no responden únicamente a un código de normas, sino que dejan traslucir lo que su corazón ama y desea. La libertad de autodominio y responsabilidad se verifica en ese centro interior que llamamos “corazón”.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

P. Carlos Cardó SJ
Tríptico de la crucifixión, fresco de Pietro Perugino (1485), Galería Nacional de Washington, 
Estados Unidos

En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús, su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí está tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí está tu madre". Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
Todo es don en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón.
San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo.
La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde Él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga.
Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto.
El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros.
Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo.
Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia.
- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él.
- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo.
Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu, porque Él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros. La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de Él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Jesús levantado en lo alto (Jn 3, 13-17)

P. Carlos Cardó SJ

Elevación de la cruz, óleo sobre lienzo de Rembrandt Harmenszoon Van Rijn (1633), Antigua Pinacoteca de Munich, Alemania

En aquel tiempo dijo Jesús; Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Todos queremos que nuestra vida esté segura, libre de sufrimientos, y con un final feliz, no una muerte funesta y sin sentido, que dé al suelo con nuestras esperanzas. Pero ¿quién nos puede asegurar eso? ¿Quién nos garantiza que la vida no se pierde sin más en un final nefasto e inesperado?
Los israelitas se plantearon estas preguntas fundamentales cuando, en el desierto, se vieron atacados por serpientes que los mordían. Y murió mucha gente de Israel  (Num 21, 4). Entonces Moisés levantó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del  hombre (Jn 3,14). Pero hay una enorme distancia entre la salud que obtenían los israelitas con la serpiente de bronce y la vida eterna que trae Jesús levantado en la cruz.
Así fueron los hechos. Los judíos, que en un primer momento habían seguido a Jesús, después lo rechazaron por influjo de sus autoridades religiosas. No aceptaron su mensaje, no se convirtieron y opusieron contra Él una hostilidad cada vez mayor, que adquirió el carácter de una verdadera confabulación para darle muerte. Vieron en Él una amenaza a la fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, la doctrina sobre lo puro e impuro. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra Él y que podía seguir la suerte de  los profetas.
Y así fue. Lo condenaron y le dieron muerte en una cruz. Para una mirada exterior, allí no hubo más que la muerte de un pobre judío fracasado, sin importancia alguna para la historia, pues millones de muertes como la suya se han sucedido en la historia. Pero el evangelio nos hace mirar en profundidad: el Crucificado no es un pobre judío fracasado que muere en un horrendo patíbulo. Detrás de Él está Dios mismo.
La pasión y muerte de Jesús ponen de manifiesto la relación que hay entre Jesús y Dios. Es Dios quien lo ha enviado y entregado por amor a la humanidad. El sentido de la muerte de Jesús en la cruz es que Dios “entrega” al Hijo del hombre en manos de los pecadores (Mc 14,41; 10,33.45), y Jesús por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y da libremente su vida, revelando así hasta dónde llega el amor de Dios al mundo y hasta dónde llega su propio amor por nosotros.
Según la idea de Dios que se tenía, conforme a muchos escritos del AT, podía esperarse un castigo de Dios a ese pueblo por dar muerte al inocente (Mt 21, 23-46). Pero el Dios de Jesús es un Dios de infinita misericordia. Israel, su pueblo lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo misericordia y perdón, en virtud de la sangre de su Hijo.
Así, pues, frente a la idea de un Dios que castiga, el cristiano sabe que Dios “entrega” a su Hijo como expresión suprema de su amor: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8).
Por eso los cristianos veneramos la Cruz, porque ella nos hace ver que Dios quiere salvar a todos, sin excluir a nadie. Ya nadie, por abandonado y perdido que se sienta, morirá solo en esta tierra. Si sus ojos se fijan en la cruz del Señor, Dios llenará desde dentro su angustia y desesperanza, su soledad y abandono, con su presencia amorosa que comparte el sufrimiento y certifica su esperanza de una vida nueva. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Las Bienaventuranzas (Lc 6, 20-26)

P. Carlos Cardó SJ
Pobres recogiendo carbones en la cantera, óleo sobre lienzo de Nikolaj Kasatkin (1894), Museo Estatal Ruso
En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: "Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán. Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!"
Se podría decir que las Bienaventuranzas, como parte del sermón del monte, o del llano según Lucas, son la carta magna del Reino de Dios, la buena noticia que Jesús anuncia a los pobres, la síntesis de las promesas de Dios a Israel y a la humanidad y, por eso, la clave de nuestra auténtica felicidad. Son asimismo los criterios según los cuales Dios juzga y actúa; criterios opuestos a los del mundo, pues llaman “dichosos” a los que generalmente son considerados “desgraciados”. Pero hay que tener cuidado para no leer las bienaventuranzas en clave moralista, pues expresan más bien lo que hace Dios, que a nosotros nos puede parecer imposible.
Dice Lucas que Jesús, mirando a los discípulos les decía: Dichosos... Esto quiere decir que los que siguen a Jesús y se identifican con su manera de ser y proceder, tienen allí expresado en forma de promesas lo que Dios les va a otorgar. Las bienaventuranzas señalan cómo actúa Dios. Y ese obrar de Dios en Jesús pasa, por el Espíritu, a ser el fundamento de la Iglesia y el obrar del seguidor de Jesús. Por eso, en Lucas, van dirigidas a los discípulos: Ellos pueden comprender porque el Espíritu se lo revela. También nosotros si nos dejamos transformar en ese mismo Espíritu.
Lo que afirma Jesús en las bienaventuranzas es lo que Él vive. Él las vivió primero y luego las proclamó. Pobre, se desprendió de apoyos del mundo y vivió haciendo el bien a los enfermos, niños, pecadores. Conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, por ustedes se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2Cor 8). No tuvo donde reclinar la cabeza: su patria y hogar eran el Padre y los hermanos. Permitió que la necesidad ajena, el dolor, la culpa ajena le afectaran como algo propio.
Compasivo, supo llorar con los que lloraban y, finalmente, se sometió a la muerte para que, libres de dolor y culpa, tengamos vida. Nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20).
La primera bienaventuranza y la primera lamentación están en presente, las demás en futuro. La historia presente es definitiva, pero está abierta. En esta historia nos toca actuar para que las maldiciones de muerte que pesan sobre los que sufren pobreza, hambre, o exclusión, se conviertan en bienaventuranzas de vida.
Ellas hacen ver cómo mira Dios: cuáles sus preferencias, dónde manifiesta más su amor y qué justicia aplica en favor de sus hijos que claman ante Él día y noche. Su justicia no es como la humana: Él quita a quien tiene y da al que no tiene para que haya fraternidad, como proclama María en su cántico (Lc 1, 47-55). La justicia humana consiste en “dar a cada uno lo suyo”, pero no siempre genera amor y sirve a veces para defender el egoísmo. El amor, en cambio, supera a la justicia. El amor es “el camino más excelente” (1Cor 12,31).
Las bienaventuranzas son reto y promesa. Reto: porque de ninguna manera son felices los que padecen hambre y miseria; lo serán, cuando por la actitud que tengamos para con ellos sientan que el evangelio es una buena noticia. Promesa porque si orientamos nuestra vida de acuerdo a ellas, seremos felices.
En definitiva, las bienaventuranzas describen los rasgos de la humanidad nueva que anhelamos y que ya podemos ver realizada en personas y comunidades que se esfuerzan por ser misericordiosas. Estos hombres y mujeres son los que contribuyen a la creación de un mundo justo, solidario y feliz. 

martes, 12 de septiembre de 2017

Elección de los Doce (Lc 6, 12-19)

P. Carlos Cardó, SJ
Llamamiento en el lago de Galilea, óleo sobre lienzo de Hans Leonhard Schäufelein (primera mitad del siglo XVI, aprox.), colección privada de Mikhail Perchenko
Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios.Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa, de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.
Jesús se retiró a la montaña para orar. En la Biblia es uno de los lugares de manifestación de la presencia de Dios. Jesús solía orar en los montes (cf. Lc 9, 28). Al señalar Lucas: pasó la noche orando a Dios, resalta la trascendencia del acto que va a realizar. Jesús invoca a su Padre y pide su bendición sobre los hombres que va a elegir. Refiriéndose a ellos dirá en el evangelio de Juan: los hombres que tú me diste sacándolos del mundo; tuyos eran y tú me los diste (Jn 17,6). Y en los Hechos de los Apóstoles, declara Lucas que Jesús los escogió guiado por el Espíritu Santo (Hch 1,2). La oración era la fuerza de Jesús; a través de ella conocía la voluntad de su Padre. Por eso, la oración debe ser el origen de toda acción y opción apostólica.
Al hacerse de día, reunió a sus discípulos y eligió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles, es decir, “enviados”. Jesús quiere prolongarse en el mundo por medio de sus discípulos (de ayer y de hoy), pero entre ellos elige a doce para asignarles el rol de emisarios y representantes suyos por excelencia. Ellos forman el núcleo del nuevo de Israel, fundado sobre las doce tribus (cf. Lc 22,30). A ellos los hará los primeros responsables de la misión de anunciar en su nombre a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados (Lc 24, 47).
¿Quiénes son estos hombres? De la mayoría de ellos se sabe muy poco. Simón, el único a quien Jesús da un sobrenombre, Kefas, que significa “piedra”, y su hermano Andrés eran  pescadores (Mc 1,16.29; 13,3), naturales de Betsaida (Jn 1,40-41.44).
Santiago y Juan eran hijos de un tal Zebedeo, también pescadores y compañeros de Simón Pedro. A este Santiago se le conoce como “el Mayor”, para diferenciarlo de “Santiago el Menor” (Mc 15,40).
Felipe era también de Betsaida (Jn 1,44) y Bartolomé, fuera de este episodio, es un personaje totalmente desconocido, que una tradición posterior del s. IX identificó con Natanael, pero sin fundamento.
Mateo, que en su evangelio se llama a sí mismo Leví, era un publicano, que recaudaba los impuestos para los romanos. Tomás, era apodado “el mellizo” (Jn 11,16; 20,24), por su nombre arameo Te’oma’.
Viene luego Santiago, hijo de Alfeo, que no es “Santiago, el Menor” (Mc 15,40), ni tiene nada que ver con “Santiago, hermano del Señor” (Gal 1,19; 1 Cor 15,6), que difícilmente era uno de los Doce.
Simón, llamado el Zelota estuvo quizá vinculado al movimiento nacionalista de resistencia de “los zelotas”. Judas, hijo de Santiago, llamado “Tadeo” en Marcos y Mateo (Mc 3,18; Mt 10,3), es también un personaje totalmente desconocido en el resto del Nuevo Testamento (excepto Hch 1,13), y no se le debe identificar con “Judas, hermano de Santiago”, a quien se atribuye la carta que lleva su nombre.
Al final se menciona a Judas Iscariote, el traidor, cuyo nombre puede significar “hombre de Keriot”, aldea de Judea, o podría provenir de manera menos probable del latín sicarius (“sicario”, “matón”), como se designaba a los zelotas.
Son simples pescadores y artesanos de Galilea, comunes y corrientes. Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por Él. No hay entre ellos sabios rabinos, ni fariseos, ni saduceos de la casta sacerdotal. Ni siquiera son personas honorables o virtuosos cumplidores de la ley. Son muy diferentes entre sí y cada uno mantendrá hasta el final su carácter personal en una convivencia no siempre fácil.
Mucho tendrá que trabajar Jesús para inculcarles su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. Pero estarán con Él en todas las circunstancias de su vida, le verán  rezar a su Padre del cielo, llorar por el amigo muerto, conmoverse ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su muerte.
Y así, su palabra irá calando profundamente en su interior. Por eso, más tarde, cuando ya no recuerden al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos, y aun cuando se encuentren en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con Él, podrán, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso. Tan  identificados se sentirán con su persona y misión que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como Él su vida por la salvación de los hombres.
Al bajar Jesús del monte se forman tres círculos concéntricos en torno a Él: el gentío que viene de todas partes para escucharlo y ser curados de sus enfermedades; los discípulos que han escuchado su palabra y lo han seguido; y los apóstoles, cerca de Jesús y asociados a su misión por una elección precisa e intencional. Todos juntos forman el único pueblo de hijos e hijas que ama el Señor.
El texto termina con la frase: Todos querían tocarlo porque salía de él una fuerza que los sanaba a todos. Mezclados entre aquella gente, también nosotros sentimos la necesidad de “tocar” y experimentar la fuerza de su palabra. Él es portador del Espíritu que da la vida, en Él “tocamos” la cercanía máxima de Dios, fuente y dador de vida. 

lunes, 11 de septiembre de 2017

El hombre de la mano paralizada (Lc 6, 6-11)

P. Carlos Cardó, SJ
 
Cristo curando a los enfermos, mural de Gebhard Fugel (1920), antiguo monasterio de Bad Saulgau, Alemania
Un sábado, Jesús entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y fariseos estaban acechando a Jesús para ver si curaba en sábado y tener así de qué acusarlo.Pero Jesús, conociendo sus intenciones, le dijo al hombre de la mano paralizada: "Levántate y ponte ahí en medio". El hombre se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo: "Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, salvar una vida o acabar con ella?" Y después de recorrer con la vista a todos los presentes, le dijo al hombre: "Extiende la mano". Él la extendió y quedó curado.Los escribas y fariseos se pusieron furiosos y discutían entre sí lo que le iban a hacer a Jesús.
Otro episodio en día sábado. Se insiste en el tema porque el culto del sábado (y en particular la observancia del precepto del descanso sabático) era central en la religión y espiritualidad judía. Hacía presente el tiempo de la creación, y el tiempo del encuentro de Dios con su pueblo, salvando, liberando, y del pueblo con él, orando, meditando su palabra, dedicándose a la familia y a las obras buenas. Pero se había convertido en un mero precepto legal y, en vez de dar vida, lo usaban los fariseos y autoridades religiosas para oprimir a la gente.
Otro elemento del relato es la sinagoga, casa de la oración. Después de la destrucción del templo de Jerusalén por los babilonios, la sinagoga pasó a ser el lugar ordinario del culto y también el centro de la vida religiosa y social de los pueblos y ciudades judías. En ella escuchaban y meditaban la ley, expresaban y consolidaban los vínculos de mutua pertenencia y unidad del pueblo.
Pero en tiempos de Jesús, no todos recibían igual trato en las sinagogas, muchos eran excluidos, y la ley era interpretada de manera rigorista por los rabinos fariseos. Jesús congrega, convoca a todos, incluso a publicanos y pecadores; interpreta la ley y la enseñanza de los profetas como quien realiza y perfecciona lo que ellas contienen. 
Todo esto –el significado del sábado y de la sinagoga– gravita sobre el episodio que narra el evangelio: Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada su mano derecha. Incapacitado de poder moverla, no puede obrar con libertad, es su mayor carencia.
Los escribas y fariseos acechaban a Jesus para ver si curaba en sábado. No advierten ni reconocen que ellos, en vez de liberar y sanar, atan las manos de la gente, las oprimen y las incapacitan con la ley sin espíritu. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada: Levántate y ponte en medio. El verbo levantarse es el que se emplea para describir la resurrección. 
Levántate, le dice, vas a adquirir una vida nueva. Y ponte en medio, es decir, en el centro de la asamblea. Es el lugar en que deben estar los pobres en la nueva comunidad que Jesús funda; ellos han de ser el centro de la atención. La razón es que el pobre es el centro de la misericordia del Padre. Si uno se hace pequeño y pobre, cercano a los pobres de este mundo, siempre estará en el centro del interés de Dios.
Si antes, en el pasaje de los discípulos que arrancaban espigas, Jesús declaró que las normas, incluso la del descanso sabático, que se consideraba como de origen divino, tienen que ceder ante las necesidades más perentorias, ahora hace ver que el precepto debe también ceder ante la obra de misericordia que va a realizar en ayuda de un pobre desvalido que, aunque no se encuentra en una situación desesperada, necesita que se le devuelva a su mano atrofiada toda su vitalidad. Y por tratarse de la mano derecha, que se emplea para el trabajo, se trata de devolverle al hombre su libertad de valerse por sus medios.
La pregunta que hace Jesús a los que lo critican: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla? Declara firmemente que la misericordia está por encima del cumplimiento literal de las normas y que se debe tener libertad de actuación cuando se trata de hacer el bien a la gente o de salvar una vida.
Entonces Jesús, mirándolos a todos, dice Lucas –echándoles en torno una mirada de ira, dolido de la dureza de su corazón, dice Marcos (Mc 3,5) –, dijo al hombre de la mano atrofiada: Extiende la mano. El hombre lo hizo y su mano quedó curada. La palabra que lo cura, le devuelve la libertad. Y así, descrita de manera escueta, la curación da relieve a la declaración hecha por Jesús e ilustra claramente en qué consiste el ministerio del amor misericordioso, que ha de ser central en la vida de su Iglesia.
El final de la narración es dramático porque se desencadena allí el clima de hostilidad contra Jesús, que irá creciendo a lo largo de su vida pública. Los fariseos y escribas, fuera de sí de rabia, discutían qué podían hacer contra Jesús.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Domingo XXIII del Tiempo ordinario - La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)

P. Carlos Cardó, SJ
Historia de la vida de san Pedro, detalle del fresco de Masaccio (1424-27), capilla de Brancacci, Iglesia del Carmine, Florencia, Italia

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos".
Somos conscientes de vivir en una época individualista. Una tendencia extendida lleva a subrayar más los derechos (del individuo) que los deberes (del ciudadano), y a resolver la tensión entre libertad y responsabilidad, apostando simplemente por “mi” libertad.
Asimismo, la afirmación absoluta del individuo hace olvidar muchas veces a los otros, de tal modo que se llega a interpretar la tolerancia y el respeto al otro como no meterse con nadie, o como indiferencia y desinterés por la vida del otro. Pero ya los primeros diálogos de Dios con el hombre en la Escritura nos plantean la pregunta: ¿Dónde está tu hermano Abel? – No sé; ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Pero el otro es un “hermano”, de tu sangre, de tu casa. Eres responsable de él.
Jesús hace conscientes a sus discípulos de un hecho que será inevitable: dentro de su comunidad habrá fricciones, ofensas, infidelidades y perjuicios. La Iglesia es pueblo de Dios en marcha…, comunidad santa y pecadora, necesitada de continua purificación. A pesar de los pecados de sus miembros, el Espíritu del Señor está siempre en ella. Y por eso no renuncia al Evangelio como norma de vida y no puede tolerar que los errores y pecados se conviertan en normas habituales de conducta; eso sería su muerte.
Además, por el hecho de pertenecer a la familia humana, a todos nos atañe una  responsabilidad pública frente a las conductas que dañan a la comunidad. Era el deber que sentía el profeta: Si tú no hablas, poniendo en guardia al que ha hecho mal para que cambie de conducta, a ti te pediré cuenta de su suerte (Ez 33, 8).
Naturalmente no se trata de erigirnos en jueces de los demás; en muchas otras ocasiones el mismo Jesús reprueba esta actitud. Se trata de ganar a tu hermano, restablecerlo, curar el cuerpo herido, y aspirar a un modelo social y eclesial de inclusión, no de exclusión de los indeseados.
Por eso, en el cristianismo, la corrección del hermano que ha pecado o cometido un error, es signo y expresión del amor. El otro es reconocido siempre como es, con sus limitaciones; no es juzgado si se equivoca, se le absuelve si es culpable, se le busca si anda por el mal camino y se le perdona si peca.
Sin aceptación, no es posible la corrección. Siempre es imprescindible escuchar al otro. Sólo así podrá aceptar lo que se le diga, y no lo sentirá como una agresión. La corrección del hermano se hace sin violencia, no por venganza ni por rencor. Porque amas a tu hermano como a ti mismo, lo corriges para no cargarte de un pecado de omisión con respecto a él. Es un miembro enfermo, se siente dolor por él, se busca curarlo porque es parte del mismo cuerpo. Buscar al que está perdido es la expresión más alta de la misericordia.
Así, desde el amor responsable se puede entender el procedimiento que el evangelio sugiere para recuperar al hermano:
- Primero se le habla en privado, con discreción y respeto, no en público como pedía la ley judía (Lev 19). Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
- Segundo, si el diálogo no surte efecto, se busca la ayuda de otro o de otros hermanos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
- Y si aun esta medida fracasa, se apela a la comunidad. La comunidad (ecclesia) es mediación y sacramento de Dios, a quien finalmente corresponde el juicio. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
Queda claro entonces que Jesús nos invita no solamente a reconciliarnos con el hermano, sino a procurar llevarlo a conversión. Y esto exige siempre rectitud en el hablar para llamar mal a lo que está mal y bien a lo que está bien. La verdad es un servicio de caridad. Corregir el mal proceder de mi prójimo no significa excluirlo, no es tratarlo sin consideración ni dejar de comprenderlo. Jesús vino justamente a llamar y salvar lo que estaba perdido. 
El evangelio propone un modelo de comunidad en el que sus miembros se sienten corresponsables unos de otros. Sólo cuando existen relaciones personalizadas adquiere sentido la corrección fraterna. Sólo entonces es posible el acuerdo, que consolida la unión fraterna. Entonces ocurrirá lo que dijo Jesús: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre del cielo (Mt 18, 20).

sábado, 9 de septiembre de 2017

El Hijo del hombre señor del sábado (Lc 6, 1-5)

P. Carlos Cardó SJ
 
Campos de trigo con cosechador al amanecer, óleo sobre lienzo de Vincent van Gogh (1889), Museo Van Gogh, Ámsterdam, Holanda
Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron: “¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?”.Jesús les respondió: “¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres”.Y añadió: “El Hijo del hombre también es dueño del sábado”.
El texto expone la contraposición de la ley y el Espíritu, la muerte y la vida, la opresión y la libertad. Nos invita a revisar nuestra vida, pero principalmente nuestra práctica de la fe, para procurar crecer en la libertad interior de la que da ejemplo Jesús, “el hombre libre”, a fin de ser conducidos por su Espíritu del amor y no por la obligación y simple sujeción a las normas.
El relato es muy sencillo. Los discípulos de Jesús atraviesan un campo sembrado de trigo, arrancan espigas, las restriegan entre las manos y se comen los granos. Pero eso está prohibido en sábado. Para Jesús, en cambio, no significa nada porque Él trae el tiempo nuevo de la misericordia y de la gracia, inaugura el sábado eterno de la comunión entre Dios y los hombres.
Por eso ha dicho, a propósito del ayuno que sus discípulos no practican (Lc 5, 33ss), que ahora es el tiempo de la boda y no se puede ayunar mientras el novio está presente; ya llegará el día en que se les quitará al novio, entonces ayunarán. Jesús inaugura y lleva a culminación el tiempo mesiánico, tiempo del banquete de las bodas entre Dios y la humanidad.
Los fariseos ven a los discípulos de Jesús arrancando las espigas y los critican: ¿Por qué hacen lo que no está permitido en sábado? Ellos son los “puros”, que conocen ley en sus mínimos detalles, pero no conocen a Dios. Oprimidos en la red de preceptos y prohibiciones en que sus rabinos han desmenuzado la ley de Moisés (¡39 obras prohibidas en sábado!), no imaginan cómo se puede amar y servir a Dios con libertad, no entienden que una religión reducida a normas y prohibiciones sacrifica la vida, el amor y la libertad; como dirá San Pablo: la ley se les convirtió en muerte porque la letra de la ley mata, mientras que el Espíritu da vida (2 Cor 3,5).
Jesús responde a los fariseos con el estilo rabínico de argumentación a base de citas bíblicas (en este caso, 1 Sam 21, 2-7) para demostrar que Él está por encima de la ley. Si David y su gente, cuando pasaron hambre, entraron en el templo y comieron los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, es claro que la necesidad vital está por encima de las leyes rituales. Al decir esto, Jesús se ponía por encima, no sólo del rey David, sino del legislador que había dado aquellas normas.
Al afirmar luego rotundamente: El Hijo del hombre es señor del sábado, expresó una pretensión inaudita. En efecto, si algo es superior al sábado eso sólo es Dios; por consiguiente, si Jesús afirma su superioridad sobre el sábado y sobre la ley, reclama para sí el mismo nivel de autoridad de Dios.
Esto lo reconoce el teólogo judío, Jacob Neuser (Un Rabino habla con Jesús), citado por Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret. «Ahora me doy cuenta de que lo que Jesús me exige, sólo me lo puede pedir Dios», dice Neuser, y lo explica: Jesús no fue simplemente un rabino reformador, que interpretó de un modo liberal las restricciones del sábado… Jesús se ve a sí mismo como la Torá, como la palabra de Dios en persona.
Esto tiene su fundamento y justificación en la pretensión de Jesús de ser, junto con la comunidad de sus discípulos, el origen y centro de un nuevo Israel. El cambio de la estructura social, es decir, la transformación del «Israel eterno» en una nueva comunidad y la reivindicación de Jesús de ser Dios, están directamente relacionadas entre sí. Si Jesús es Dios, tiene el poder y el título para tratar la Torá como Él lo hace. Sólo en este caso puede reinterpretar el ordenamiento mosaico de los mandamientos de Dios de un modo tan radical, como sólo Dios mismo, el Legislador, puede hacerlo.
Volviendo al texto de Lucas (o a sus paralelos de Mc 2, 23-28 y Mt 12,1-14), hay que reconocer que, implícitamente, se presenta a Jesús con los atributos de Mesías davídico, sacerdote, Dios con nosotros, Emmanuel. David es el rey santo que prefigura al Mesías-rey; Jesús es descendiente suyo, heredero de su trono, pero el que lleva a plenitud la profecía del reinado de Dios.
Se menciona la casa de Dios, y Jesús dirá que su cuerpo es el nuevo templo, que no podrá ser destruido. Jesús es la morada de Dios entre nosotros, en su humanidad se encarna el Hijo eterno del Padre, habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9).
David y su gente comieron los panes de la ofrenda, que no eran más que un recordatorio de la providencia con que Dios sostenía a su pueblo, y un tímido símbolo del verdadero pan de vida que Jesús dará con su cuerpo entregado y hecho comida de vida eterna. Los sacerdotes eran los que tenían acceso a la casa de Dios, pero con Jesús se abre para todos el acceso a Dios, como dice el autor de la carta a los Hebreos (9, 11-12): Cristo vino como el sumo sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, y entró en un santuario más noble y más perfecto, no hecho por hombres, es decir, que no es algo creado. Y no fue la sangre de chivos o de novillos la que le abrió el santuario, sino su propia sangre, cuando consiguió de una sola vez la liberación definitiva