domingo, 19 de noviembre de 2017

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario - La parábola de los talentos (Mt 25,14-30)

P. Carlos Cardó, SJ
La parábola de los talentos, ilustración de Jan Luyken (1685) para la Biblia del Navegante, Museo Belgrave Hall Leicester, Inglaterra
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco millones; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue.El que recibió cinco millones fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un millón hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores.Se acercó el que había recibido cinco millones y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco millones me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.Se acercó luego el que había recibido dos millones y le dijo: ‘Señor, dos millones me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.Finalmente se acercó el que había recibido un millón y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu millón bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco, para que a mi regreso lo recibiera yo con intereses? Quítenle el millón y dénselo al que tiene diez.Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación".
El señor que reparte sus bienes y se va a un país lejano es Jesucristo que, después de morir en la cruz y resucitar, se ausenta visiblemente de nuestro mundo y algún día, no sabemos cuándo, volverá para establecer su reinado.
Se sabe que en la época de Jesús el talento, de oro o de plata, era una medida de peso que variaba, según los países, entre 26 y 36 kilos. En la parábola parece que alude a la medida de los dones y habilidades de toda clase que Dios otorga a cada uno de sus hijos e hijas para que los trabaje y no los deje improductivos. Lo que soy y lo que tengo lo he recibido de él y, en la lógica del evangelio, lo tengo que poner al servicio de Dios y de los prójimos, especialmente de los que me necesitan, porque en eso consiste la ganancia que puedo obtener de los talentos recibidos.
Cada uno tiene su propio don, diferente al de los otros, conforme a las diferentes misiones y responsabilidades que hay en la comunidad. No hay razón, por tanto, para la vanagloria. ¿Quién te hace superior a los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido?¸ pregunta San Pablo a los cristianos de Corinto (1 Cor 4,7), que se habían dividido a causa de los diferentes carismas y habilidades que había en la comunidad.
Hay que aceptar, pues, que la diversidad es un hecho natural, con el que se ha de contar. No sirve solamente para marcar las diferencias y señalar los límites: lo que yo puedo o no puedo y lo que los otros pueden o no pueden, sino que establece más bien el espacio para las relaciones mutuas de comunicación, de intercambio, de solidaridad. Cuando no se ve así, la diversidad genera envidias y rivalidades, conflicto y violencia, como ocurre tantas veces desde Caín.
 La parábola nos dice que el don hay que hacerlo producir, pero esto hay que entenderlo bien. No se trata simplemente de hacer más y más cosas; ni se trata tampoco de actuar conforme a los valores económicos de la competitividad, rendimiento y productividad. De lo que se trata más bien es de fructificar conforme a las capacidades recibidas, no por sumisión a una ley ni simplemente por el deber ser y la voluntad de poder, sino por el amor a Dios y a los hermanos, como imitación del amor de Dios y de Cristo.
Lo que importa, según el evangelio, es la entrega de uno mismo, el amor que uno pone en lo que hace, sea grande o pequeño. Lo que hagas, conforme a los talentos que has recibido, nunca será pequeño a los ojos de Dios. Lo importante no es la cantidad sino la actitud con que uno da de lo que tiene, consciente de que todo lo ha recibido. De modo que no debes desalentarte si lo que has hecho ha estado lleno de amor y gratitud. Eso es lo que cuenta ante Dios. Por eso la recompensa será igual para todos, para los que recibieron cinco talentos, como para los que recibieron dos.
¿Quién es ese empleado que recibió un talento y lo escondió bajo tierra sin hacerlo producir? El que sabe el bien que hay que hacer y no lo hace, comete pecado, dice el apóstol Santiago (Sant 4,17). El que había recibido un talento se alejó –dice el texto– y lo escondió. Se aleja de sí y de los demás. Actúa así por el miedo, resultado de la falsa idea que se ha formado de su Señor. No reconoce el don del Señor, por eso no se mueve a dar de sí. Su relación con Dios es contable, mercantil, no libre, no de hijo, sino de rival. Se mueve como Adán, que se esconde de un Dios malo y se aleja hasta acabar en la muerte. Quien ama su vida la echa a perder (Mt 16,25). Quien no da ni comparte lo recibido, lo echa a perder. Quien responde con gratitud y generosidad a tanto bien, se enriquece más y da más. Experimenta la verdad de las palabras de Jesús: Hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20,35).

NOTA: Este evangelio fue comentado en este mismo blog el día 2 de setiembre.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Lc 18,1-8: Parábola del juez y la viuda

P. Carlos Cardó SJ
La Parábola del juez injusto, óleo sobre panel de madera de Pieter de Grebber (1628), Museo de Bellas Artes de Budapest. 
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario"; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara"». El Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o dejará que esperen? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? ».
A veces nos preguntamos por qué Dios no escucha nuestras oraciones y no interviene para resolver nuestros problemas o cambiar nuestra suerte. La parábola del juez y la viuda hace ver la eficacia de la oración que alimenta la confianza del creyente.
Esta parábola es similar a la del hombre que va a medianoche a casa de su amigo para pedirle tres panes, porque le ha llegado un huésped y no tiene con qué atenderlo. (Lc 11,5-8). Si el dueño de casa no se levanta a dárselos por ser su amigo, lo hará al menos para que no siga molestando. Asimismo, en el presente texto, el juez inicuo que hacía oídos sordos a las súplicas de la pobre viuda, le hará justicia al menos para que no vuelva a buscarlo. Con ambas parábolas Jesús inculca la necesidad de orar siempre con confianza y perseverancia (Flp 1,4; Rom 1,10; Col 1,3; 2 Tes 1,11).
Un dato significativo es que se trata de una viuda, que en la Biblia representa el estamento más desamparado de la sociedad (Ex 22,21-24; Is 1,17.23; Jr 7,6). En este caso, la viuda, sin esposo ni hijos que la defiendan, enfrenta a un enemigo. La pobre no puede hacer otra cosa que suplicar con insistencia que se le haga justicia. La parábola concluye: si un juez inmoral termina por atender a la viuda, ¿qué no hará Dios por sus hijos e hijas que claman  a Él día y noche? (Dt 10,17-18; Eclo 35,12-18).
La parábola no puede ser interpretada como una invitación a la pasividad. La viuda pone todo de su parte para resolver su problema, insiste hasta la saciedad ante el juez, reclamándole justicia. Por consiguiente, la fe y la oración no consisten en endosarle a Dios lo que corresponde a la propia responsabilidad y esfuerzo.
La fe y la oración no nos eximen de tener que poner los medios a nuestro alcance para solucionar nuestras necesidades; tampoco nos retiran del mundo que debemos procurar transformar. La fe y la oración nos llevan a enfrentar los problemas, a poner solidariamente nuestros talentos al servicio del prójimo que nos necesita y al servicio de la sociedad, a leer desde el evangelio nuestra realidad y a inspirar nuestras acciones con los criterios y valores del reino proclamado por Jesús.
Oración y esfuerzo personal son inseparables y se determinan por entero a la consecución de su objetivo: ver a Dios en todo y verlo todo en Dios, vivir unido a Él en el propio interior, en las relaciones con los demás y en la actuación y trabajo.
De este modo, la fe es el fundamento de la oración y la oración robustece la fe. Por eso el creyente sabe que, después de haber puesto todo lo que está de su parte para hallar solución a los problemas, como si todo dependiera de él, debe tener el coraje humilde de abandonarlo todo en manos de Aquel que ve finalmente lo que más nos conviene y hará mucho más que lo que nuestras débiles fuerzas pueden lograr. 
La parábola del juez tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre sucede así en la vida. Porque, en efecto, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado mucho tiempo suplicando? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que se les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios? En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta a veces difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reino”.
Pero leyendo páginas bíblicas como ésta se puede ver que Dios no es un omnipotente impasible, sino un ser que sufre, padece, se inclina y hace suya la suerte de sus hijos e hijas que levantan los ojos a Él esperando su misericordia (cf. Salmo 122). Dios escucha sus súplicas. Por eso el pasaje que comentamos se cierra con esta frase lapidaria de Jesús: ¿Dios no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que les hará justicia sin tardar (Lc 18,7). 
El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar. Sólo la oración lo mantendrá firme en la esperanza.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Cuando se manifieste el Hijo del hombre (Lc 17, 26-37)

P. Carlos Cardó SJ
Noé: la víspera del diluvio, óleo sobre lienzo de John Linnell (1848), Museo de Arte de Cleveland, Ohio, Estados Unidos
Jesús les dijo: "En los días del Hijo del Hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé: la gente comía, bebía, y se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca y vino el diluvio que los hizo perecer a todos. Ocurrirá lo mismo que en tiempos de Lot: la gente comía y bebía, compraba y vendía, plantaba y edificaba. Pero el día que salió Lot de Sodoma, cayó desde el cielo una lluvia de fuego y azufre que los mató a todos.
Lo mismo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre. Aquel día, el que esté en la terraza, que no baje a buscar sus cosas al interior de la casa; y el que esté en el campo, que no se vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que intente guardar su vida la perderá, pero el que la entregue, la hará nacer a nueva vida.
Yo les declaro que aquella noche, de dos personas que estén durmiendo en una misma cama, una será llevada y la otra dejada; dos mujeres estarán moliendo juntas, pero una será llevada y la otra dejada". Entonces preguntaron a Jesús: "¿Dónde sucederá eso, Señor?" Y él respondió: "Donde esté el cuerpo, allí se juntarán los buitres".  
Jesús ha dado ya una respuesta a los fariseos sobre el cómo y cuándo será la venida del reinado de Dios (17, 20-21). Ahora, dirigiéndose a sus discípulos, los instruye sobre lo que sucederá el día en que se manifieste el Hijo de hombre. Con una comparación y una pequeña parábola, les hace ver que el destino final de la vida se determina en el presente, en el modo como se viven las cosas simples de la vida y se realizan las tareas más ordinarias. Por consiguiente, ahora es cuando se debe proceder con libertad responsable y estar disponibles para darlo todo a fin de lograr lo más importante, que es la realización del plan de Dios sobre nosotros.
Compara en primer lugar el tiempo anterior al fin del mundo con el tiempo anterior al diluvio y a la destrucción de Gomorra para que “esta generación” advierta que se debe proceder con atención y prontitud, no con dejadez e indolencia. El diluvio acabó con los que siguieron viviendo mal sin voluntad de cambio, despreocupados e indolentes, pero no con Noé y su familia que dieron muestra de fidelidad y previsión; Sodoma, la ciudad corrupta y contumaz,  fue arrasada por el fuego y el azufre, pero se salvaron Lot y su familia.
En un mismo tiempo, haciendo las mismas cosas, se puede, como Noé, construir el arca que salva o ahogarse en las aguas del diluvio. Lo que se ha construido sobre la palabra de Dios resiste como el arca; lo que se ha construido sobre la insensatez, se derrumba, es arrasado por las aguas. Lo mismo ocurrió antes del desastre de Gomorra: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban. Todo eso lo podemos realizar como entrega de nosotros mismos con amor, o lo podemos vivir como violencia, injusticia, daño de nosotros mismos o del prójimo, como vida o como muerte.
Con la pequeña parábola, elaborada con imágenes propias de la cultura de su tiempo, Jesús nos advierte también que en lo cotidiano nos jugamos nuestra realización definitiva o nuestro fracaso. Dos personas están juntas en una misma cama y dos mujeres muelen granos. Lo primero alude al descanso reparador de las fuerzas y lo segundo al trabajo doméstico, que en la cultura judía, era tarea de las mujeres, y sirve para sostenerse y obtener fuerzas.
Pero no siempre el descanso se logra ni siempre el trabajo rinde. A una de las personas que duermen se la llevarán y se salvará, a la otra la dejarán y se perderá; a una de las mujeres se la llevarán, a otra la dejarán. Todo depende del comportamiento que se tiene en lo rutinario de la existencia. Lo determinante no es lo que se hace, sino el cómo se hace. No en acontecimientos extraordinarios, sino en los de cada día construimos o echamos a perder nuestra morada eterna. Por tanto, hay que estar preparados y vigilar en atenta espera. Se puede descansar o trabajar con resultados distintos.
Finalmente repite Jesús que la manifestación del Hijo de hombre será tan clara e inconfundible como la carroña para el ave de presa. No habrá necesidad de conocer de antemano su ubicación precisa, pues todos la verán. 
Nada de lo que nos dice Jesús en estos discursos es para asustarnos. Con ellos nos invita a la responsabilidad con nosotros mismos. Fijos los ojos en Él, sabremos en todo momento cómo debemos ser, cómo podemos vivir una vida plena con valor de eternidad que Dios reconocerá y llevará consigo para siempre. De hecho, lo que llamamos juicio de Dios sobre nosotros no es otra cosa que el juicio práctico que hacemos ahora de Jesús: lo aceptamos como nuestra norma de vida o lo negamos, lo servimos en los hermanos o pasamos de largo encerrados en nuestro egoísmo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

La venida del Hijo del hombre (Lc 17, 20-25)

P. Carlos Cardó SJ
El juicio final, óleo sobre lienzo de Francisco Pacheco (1610), Museo Goya, villa de Castres, Francia
En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el Reino de Dios, Jesús les contestó: "El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular, ni anunciará que está aquí o está allí; porque miren, el Reino de Dios ya está dentro de ustedes". Dijo a sus discípulos: "Llegará un tiempo en que desearán vivir un día con el Hijo del Hombre, y no podrán. Si les dicen que está aquí o está allá, no vayan detrás. Como el fulgor del relámpago que brilla desde un punto a otro del cielo, así será el Hijo del Hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho, y ser reprobado por esta generación".
Durante su viaje a Jerusalén, Jesús instruye a sus discípulos para la futura misión que habrán de cumplir, de ser sus testigos y continuadores de su obra. Estas instrucciones asumen algunas veces el carácter de advertencias, como fue el caso de la respuesta que dio a los fariseos que le preguntaron cuándo iba a llegar el reino de Dios. Puso en guardia a sus discípulos frente a posibles engaños que lleven a conclusiones falsas sobre la verdadera naturaleza y la venida del reino de Dios.
Ante todo, el Reino de Dios no vendrá en forma espectacular.  Hay que esperarlo con simplicidad, sin preocuparse por el tiempo o por el lugar de su manifestación. Es verdad que traerá consigo la plena y definitiva realización del ser humano y de todas sus aspiraciones, todo aquello que es inherente al deseo de la salvación; pero es por eso mismo una realidad trascendente, que incluye y va más allá del ámbito de la felicidad y éxito que pueden alcanzarse en esta tierra.
Sin embargo, los judíos habían limitado su contenido a una realidad de liberación y prosperidad temporal, que aparecería con todo el esplendor de una monarquía restablecida y consolidada sobre los demás pueblos. Por eso, la respuesta de Jesús tiene un cierto tono polémico. Jesús corrige esa absoluta falta de comprensión de lo que realmente será el reinado de Dios.
Su llegada no será un acontecimiento predecible por signos o presagios que permitan decir: ¡Está aquí! o ¡está allá! No hay que caer en especulaciones o fantasías sobre su llegada. Jesús habla del señorío de Dios, su Padre, como una realidad que ya está inaugurada y operante en Él, en la palabra y obra del Hijo, que ha comenzado a actuar en las personas y en la historia humana.
No es necesario, por tanto, buscar signos recónditos, sino remitirse al hoy de nuestra realidad, que es donde el amor salvador de Dios actúa como una semilla que germina y crece poco a poco. Por eso dice Jesús: el Reino de Dios ya está dentro de ustedes, que puede traducirse: entre ustedes está. Con esta frase indica su presencia que proclama la salvación y la anticipa en los signos que realiza, y señala al mismo tiempo su presencia resucitada en el corazón del creyente, en los hermanos, y en la Iglesia.
También puede traducirse: el reino de Dios está al alcance de ustedes, porque es una realidad ofrecida a todo ser humano, que puede ser objeto del deseo de todos y puede alcanzarse si se aceptan sus exigencias, es decir, si se adopta un estilo de vida conforme a los valores del reino: santidad y gracia, verdad y vida, justicia, amor y paz.
En este sentido, el reino es como una fuerza invisible que actúa desde el interior de las personas y las mueve a vivir y promover la vida de manera cada vez más plena. Todos, pues, pueden sentirse llamados al reino de Dios y todos han recibido la capacidad para conseguirlo.
Esto es lo más importante respecto al fin del mundo y a la venida del reino de Dios, que Jesús hace coincidir con su segunda aparición entre nosotros como Hijo del hombre. No se trata, por tanto, de dejarse envolver en fantasías que no son sino formas de evadirse de la realidad actual en esperas futuras.
Es en lo cotidiano donde se nos anticipa lo que vendrá y donde nos encontramos con el reino, lo aceptamos o rechazamos con nuestros actos. Dentro de nosotros está pero todavía no en su forma final plena y definitiva. Ésta será repentina, no está sujeta a cálculo, ni vendrá precedida de signos premonitorios. Pero será patente y como el relámpago que brilla desde un punto a otro del cielo, mostrará la gloria del Resucitado. Sin embargo –anuncia Jesús a sus discípulos– esa manifestación deberá ir precedida de algo inevitable como el sufrimiento, el rechazo, la pasión y muerte del Señor. 
Así pues, es una contradicción repetir en la eucaristía que esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo, y por otra parte dejarse invadir por el miedo al fin del mundo y al juicio final. El Señor vendrá a poner de manifiesto lo que hay en nuestra vida y a ser finalmente nuestra paz y alegría sin fin. Por tanto, hoy es cuando debemos esforzarnos con temor y temblor (Fil 2, 12) por estar con Él para poder estarlo eternamente. Su venida constante por la fe a nuestros corazones y el deseo de plenitud que nos hace exclamar ¡Ven, Señor, Jesús! nos debe llenar de aliento y esperanza. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Los diez leprosos (Lc 17, 11-19)

P. Carlos Cardó SJ
La curación de los leprosos, miniatura de autor anónimo del códice “Sermones de Mauricio de Sully” (1320-1330), Biblioteca Nacional Francesa, París
De camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos. Se detuvieron a cierta distancia y gritaban: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros». Jesús les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Mientras caminaban, iban quedando sanos.
Uno de ellos, al verse sano, volvió de inmediato alabando a Dios en alta voz, y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» Y Jesús le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».
Entre las curaciones que Jesús realizaba, las de leprosos eran particularmente significativas porque, según la mentalidad judía, eran comparables a la resurrección de un muerto. La ley de Moisés (Levítico 13-14), consideraba a estos enfermos como personas impuras que volvían impuro a quien los tocaba, igual que cuando se tocaba un cadáver. Inhabilitados para la vida social, no podían permanecer con su familia y relacionarse con la gente. Tenían que vivir aislados fuera de las ciudades y gritar: “¡Impuro, impuro!”, a la distancia, para que nadie se les acercase. Para mayor miseria moral de estos desgraciados, muchas veces se les consideraba pecadores públicos.
A pesar de todo ello, nos dice el relato evangélico de Lc que Jesús en seguida se hizo cargo de la situación de aquellos diez enfermos, tuvo compasión de ellos y los curó. Pero la intención del evangelista no está puesta en la descripción del milagro en sí, sino en resaltar el comportamiento ambivalente mantenido por los curados.
Los diez salen al encuentro de Jesús y le dirigen una súplica que los israelitas dirigían a Dios: ¡Ten piedad de nosotros! Los leprosos piden no sólo su curación, sino también verse libres de la marginación en que viven. Por eso Jesús, después de curarlos, se preocupa de restablecerles su dignidad de personas. Y estos desdichados pasan, de ser como cadáveres ambulantes, a ser personas libres, con todos sus derechos, capaces de dirigir su propio destino.
Jesús les manda ir a presentarse a los sacerdotes, para que confirmen su curación y, de este modo, puedan reintegrarse en la sociedad. Los sacerdotes eran los custodios y garantes de la ley mosaica; por eso se atribuían el poder de dictaminar lo que era lícito o ilícito y juzgar quién era puro o impuro. Con la venida de Cristo queda destruido todo muro de separación entre los hombres porque Dios, el único Santo, se ha mostrado solidario de todos, amigo y defensor del débil, del marginado, del que es tenido por perdido en este mundo. 
Con su actuación Jesús manifiesta una comprensión radicalmente nueva de Dios y, por consiguiente, una nueva moral. En su persona y modo de actuar, deja traslucir el comportamiento de Dios con aquellos que, según el judaísmo de su tiempo, eran los perdidos y estaban fuera del pueblo escogido de Dios. Además, con esta nueva concepción de Dios, Jesús justifica su propio modo de obrar. Es como si dijera: Dios es así, hago bien en obrar como Él.
Más aún, Dios no sólo inspira el comportamiento de Jesús con los pecadores, sino que Dios se hace presente, se manifiesta y actúa en Jesús. En Jesús, Dios busca a los perdidos, los sana, los libera, los sienta a su mesa, les muestra toda su bondad. Los que se sienten perdidos ven que se les abre una nuevo porvenir, los que están en las últimas ven que vuelven a la vida, los que han perdido su dignidad se revisten de honor, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Lc 7,22).
La actitud de Jesús ha sido ejemplar, pero la de nueve de los diez leprosos curados deja mucho que desear. Muy pronto se han olvidado del gran favor recibido. Sólo uno de ellos y, por cierto, un samaritano, es decir, un hereje reprobado por los judíos, al verse sano, regresó alabando a Dios en voz alta y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Reconoce que Dios ha obrado en Jesús y lo declara abiertamente con un gesto de auténtica fe. Por eso le dice Jesús: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
Quien no reconoce lo mucho que recibe de Dios, echa a perder el verdadero significado de la fe, que implica siempre admiración, alabanza y acción de gracias. Los grandes hombres y mujeres son siempre agradecidos: atribuyen a Dios, fuente de todo bien, lo que son, lo que tienen y lo que hacen. María es ejemplo de ello en su Magnificat. 
Por eso, el proceso de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, que son una fuerte experiencia síntesis de la vida cristiana, se cierran con el recuerdo de todos los beneficios recibidos y el deseo de ofrecer al Señor, en reciprocidad: “toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer…”

martes, 14 de noviembre de 2017

Somos simples servidores (Lc 17, 7-10)

P. Carlos Cardó SJ
Esclava mulata en la cena de Emaús, óleo sobre lienzo de Diego Velásquez (1617), Galería Nacional de Irlanda

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ ".
La analogía entre el amo y el criado intenta inculcar en los discípulos la actitud de servir gratuita y desinteresadamente, sin hacer depender el propio esfuerzo de las expectativas de recompensa. El ideal es hallar felicidad y satisfacción en el servicio a Dios y a los prójimos.
Jesús nos asemeja a los siervos. Por el contrato de servidumbre, una persona quedaba sometida al señorío de otra persona. La diferencia con el esclavo estaba únicamente en que el siervo no podía ser vendido. Aplicada por Jesús a nuestra relación con Dios, esta sujeción es expresión de la máxima libertad que se obtiene por el amor.
Por eso el mismo Jesús afirma que no ha venido a que lo sirvan sino a servir y quiere que sigamos su ejemplo sirviéndonos unos a otros. Por su parte, Pablo ve en la disposición para el servicio lo característico de Cristo y exhorta: Tengan ustedes la actitud que tuvo Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.… (Fil 2, 5-7).
Por eso la vanagloria y el sentirse superior a los demás es un sinsentido para el cristiano. El mismo Pablo desarrollará esta idea con su propia terminología: ¿De qué podemos presumir si todo orgullo ha sido excluido? (Rom 3,27); Dios ha elegido lo pobre y lo débil, de este modo, nadie puede presumir ante Dios; la salvación se nos da por gracia mediante la fe, para que nadie pueda enorgullecerse (Ef 2,9).
El Señor Jesús está entre nosotros como el que sirve (Lc 22, 27); para el mundo, en cambio, la libertad y la grandeza consisten en hacer que a uno lo sirvan. Para Dios, la libertad verdadera consiste en la necesidad de servir por amor. Para los hombres la búsqueda de la superioridad llega a ser uno de los mayores alicientes en el trabajo y el procurar que los otros no sobresalgan, una condición para lograrla.
Jesús, en cambio, nos dice: Cuando hayan hecho lo que se les había mandado, digan: somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer. “Inútil” aquí no es peyorativo, puesto que el criado ha cumplido la misión que se le había encomendado. Quizá habría que traducir mejor: Somos simples servidores, sin derecho ni mérito ligado a nuestro trabajo.
Es la invitación de Jesús a la gratuidad: a hacer el bien sin buscar recompensa, sabiendo que Dios no necesita de nuestras buenas obras, sino que somos nosotros los que nos beneficiamos con esas buenas obras. El premio está en la misma obra bien hecha. Para Pablo, la máxima recompensa consistirá justamente en predicar gratuitamente el evangelio (1Cor 9,18), y en ella se vive la experiencia personal de aquél que me amó y se entregó a la muerte por mí (Gal 2,20).
Somos simples servidores: hacemos con dedicación nuestra labor y no nos angustia ni siquiera el saber el fruto que tendrá; cumplimos lo que nos toca de la mejor manera que podemos y todo lo demás se lo dejamos a Dios con absoluta confianza. Lo importante es servir siguiendo el ejemplo de Jesús, es decir, hasta dar la propia vida. En eso reside la calidad del amor con que amamos a Dios y a la gente. Y estamos seguros de que el contenido de amor y de entrega que ponemos en lo que hacemos, eso es lo que prevalecerá cuando Dios haga nuevas todas las cosas y lleve a plenitud la obra que ha comenzado en nosotros.
En resumen la analogía de la relación del amo y el criado aclara la relación que debemos tener frente a Dios, nuestro Señor. No podemos ir a Él con ninguna clase de exigencia. Debemos mantener la conciencia de ser sólo servidores. Si alguna recompensa quiere darme mi Señor, será por pura gracia, no se la puedo exigir por mis méritos. Le agradezco, más bien, de que se haya fijado en mí y me haya traído a su servicio. 

lunes, 13 de noviembre de 2017

Recomendaciones sobre los escándalos y el perdón (Lc 17, 1-6)

P. Carlos Cardo SJ
El abrazo, óleo sobre tela de Oswaldo Guayasamín (siglo XX), Fundación Guayasamín, Quito, Ecuador
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado. Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo".Los apóstoles dijeron entonces al Señor: "Auméntanos la fe". El Señor les contestó: "Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería".
En el viaje de Jesús a Jerusalén, San Lucas pone las enseñanzas sobre el uso de los bienes materiales, seguidas de una serie de cuatro recomendaciones que no tienen relación entre sí, pero que perfilan el estilo de vida del discípulo: la condena del escándalo (17, l-3a); el perdón como deber del cristiano (17,3b-4); el poder de la fe (17,5-6); la disponibilidad para el servicio (17,7-10).
Con una frase sumamente severa Jesús condena el escándalo porque pisotea la ley de la caridad e induce a la pérdida de la fe y al abandono de la Iglesia. Escándalo es toda acción, gesto o actitud que induce a otro a obrar el mal. Los pequeños, los niños, y la gente sencilla creen ya en Dios, pero las acciones y conducta de los mayores (sobre todo, cuando se cometen aprovechándose de la superioridad que se tiene respecto a ellos) pueden hacerles difícil la fe. Nada hay más grave que inducir a pecar a los débiles o quitarles la confianza que deben tener en Dios. La advertencia es tajante: esos tales acabarán de manera desastrosa.
Jesús es realista y pide que abramos los ojos a una realidad siempre actual: las relaciones humanas pueden deteriorarse hasta el punto de que los mismos miembros de la comunidad cristiana sean causantes de escándalo. Por eso su advertencia es terminante: ¡Váyanse con cuidado!, no sea que por el comportamiento de ustedes, esos “pequeños” que creen en mí, se alejen.
Y la severidad con que condena esta conducta no puede ser más drástica: quien sea causa de escándalo merece ser arrojado al mar con una piedra de molino al cuello. Por consiguiente, la comunidad debe estar atenta para que estas cosas no sucedan, y debe mover a sus miembros para que cada cual examine su interior y arranque de sí todo aquello que podría dar origen a posibles ocasiones de escándalo.
A la firmeza con que se debe actuar apunta Jesús con frases como ésta: Si tu mano, tu pie o tu ojo son ocasión de escándalo…, córtatelo”, frase de gran fuerza expresiva, que obviamente no significa mutilación, sino el deber de llegar a una opción firme y decisiva, que fundamente una lealtad a toda prueba.
La segunda recomendación es sobre un tema frecuente en el evangelio de Lucas: el perdón. Dice Jesús: Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día y otras tantas veces viene a decirte: ‘Me arrepiento’, perdónalo. Por lo general, al hablar del perdón, Lucas resalta la misericordia de Dios con el pecador; aquí se refiere más bien al perdón que deben darse los miembros de la comunidad. Jesús los hace conscientes de un hecho inevitable: en su comunidad habrá ofensas mutuas, infidelidades y perjui­cios.
El cristiano debe tener en cuenta que reprender al hermano que obra mal para que recapacite y repare el daño que ha causado, es un deber propio de la caridad fraterna. Y una vez arrepentido, hay que perdonarlo, reintegrarlo. Al arrepentimiento siempre debe seguir el perdón. De lo contrario, ¿cómo van a poder rezar juntos el Padrenuestro? Y para que quede firmemente asentada esta obligación, Jesús no duda: Si peca contra ti siete veces al día y siete veces viene a decirte: ‘Me arrepiento’, perdónalo. Tienes, pues, que perdonar siempre que haya arrepentimiento.
No se debe guardar rencor. Es natural que se sienta disgusto, enfado e indignación por el mal que el otro ha cometido, pero dar cabida al odio, al rencor y la venganza, es excitar dentro de sí un instinto de muerte que daña en primer lugar a quien se deja envolver por él. El odio es un veneno del alma que perjudica a quien lo siente y destruye la comunidad porque levanta muros de división dentro de ella, ocasionando previsibles conflictos sucesivos. Sólo el perdón abre la posibilidad de restablecer buenas relaciones, y de acabar finalmente con la persistente amenaza que es el odio mutuo.
A continuación los discípulos piden a Jesús que les fortalezca la fe y él responde con una máxima sapiencial de carácter didáctico: Si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a esa morera: ‘Arráncate y trasplántate al mar’, y les obedecería. Se trata de la fe como confianza plena en Dios. Y Jesús, que critica la fe basada en los milagros y se ha negado a dar señales para que crean en Él, afirma sin embargo con esa imagen hiperbólica (que no hay que tomar al pie de la letra) que los problemas de la vida del cristiano se pueden “arrancar” si se tiene suficiente fe. Lo mismo puede decirse de las dificultades para cambiar y ordenar la propia vida. La confianza inquebrantable en Dios tiene poderes ilimitados. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario - Las muchachas previsoras y las descuidadas (Mt 25,1-13)

P. Carlos Cardó SJ

Parábola de las diez vírgenes, óleo sobre lienzo de Friedrich Wilhelm Schadow (1838-1842), Instituto de Arte Städel, Francfort del Meno, Alemania
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’. Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: `No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’. Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora".
Esta parábola recoge el ceremonial típico de las bodas de Palestina en tiempos de Jesús. Al caer la tarde, la novia con corona en la cabeza y traje de gala esperaba al novio en casa de sus padres, en compañía de una corte de muchachas que llevaban lámparas encendidas en sus manos. Solían ser lámparas de aceite, de llama tenue que había que proteger del viento. Con la llegada del novio comenzaba la fiesta que duraba varios días. Al final, el cortejo de las muchachas acompañaba a la pareja a su nueva casa. Después de cantar himnos y plegarias, se les dejaba para que dieran inicio a su vida de esposos.
La Biblia es el libro del amor de Dios por la humanidad. Para describirlo, emplea frecuentemente el símbolo de la unión conyugal. Dios es el esposo de Israel, que representa a toda la humanidad. De comienzo a fin, pero sobre todo en las más bellas páginas poéticas del Cantar, de Isaías y de Jeremías, la Biblia nos llena de admiración ante la pasión de Dios por cada una de sus criaturas: tú vales mucho para mí y yo te amo (Is 43, 4). De esta experiencia del amor de Dios, brota la actitud de búsqueda de su presencia, que se expresa en la metáfora del salir a su encuentro: estar despiertos y disponibles para recibir al Señor, alimentar la fe y no dejar que se apague, pues no sabemos cuándo será aquel día.
Jesús nos hacer ver que el encuentro con Dios se realiza en lo cotidiano, y que es en la vida de todos los días donde se decide el futuro en términos de estar con él, o estar lejos de él. San Pablo, por su parte, insiste en la idea de que la fe ilumina la realidad que vivimos y mueve a responsabilidad, no permite el sueño de la pasividad, nos despierta: La noche está avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz… Revístanse de Jesucristo (Rom 13, 11-14).
La parábola trae esta advertencia. Las personas previsoras, representadas en las muchachas prudentes que mantienen sus lámparas bien preparadas, se muestran atentas a las llamadas del Señor, se guían por las inspiraciones de su Espíritu, Espíritu del amor, y gastan sus vidas sirviendo a los demás. Las jóvenes descuidadas, en cambio, no cumplen las exigencias del amor, no buscan al Señor ni lo reconocen cuando pasa a su lado. Sus vidas son un vaso vacío, lleno de frivolidad y egoísmo, sin amor. En vez de acercarse al Señor, se alejan, hasta ya no oír su voz. Por eso, él les dirá: ¡No las conozco!, manifestando con estas palabras la respuesta que ellas mismas le han dado. El final no es otra cosa que lo que se ha venido dando en lo cotidiano.
Por tanto, estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora, es la conclusión de la parábola. Jesús nos la dice no para meternos miedo respecto al futuro, sino para que seamos responsables del presente. Si el Señor nos habla con palabras graves de la posibilidad de echar a perder la vida, si con tanta insistencia advierte en su evangelio que hay trigo y cizaña, peces diversos, invitados con traje de bodas o sin él, criados buenos y malos, no es para que le temamos, sino para que asimilemos de manera más decidida sus enseñanzas. Porque nos ama, no quiere que perezca ninguno de los que el Padre le ha dado. Porque la vida es un regalo precioso que debemos cuidar, Jesús nos advierte: ¡Estén preparados! Es como si nos dijese: No juegues con tu vida, ¡vale tanto para mí! Mira, ahora se te concede adquirir el aceite necesario para que toda tu persona brille con la luz verdadera que ni la muerte podrá extinguir. Contemplar al Señor es quedar radiantes, dice el Salmo 32.
La voz que anuncia: ¡Ya llega el esposo, salgan a su encuentro!, nos mueve a examinar si estamos con las lámparas encendidas aguardando y sirviendo al Señor. Discernir sus incesantes venidas y estar vigilantes para el encuentro definitivo significa compromiso efectivo, práctica de la fe. Lo contrario es llevar en las manos lámparas sin aceite; su pequeña luz se apagará. Si buscamos incesantemente al Señor, él no nos ocultará su rostro. Nos dirá aquello que oyó San Agustín en su interior: “Consuélate, tú no me buscarías si tú no me hubieses encontrado”.
NOTA: Este evangelio fue comentado el día 1 de setiembre.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Ganen amigos compartiendo sus bienes (Lc 16, 9-15)

P. Carlos Cardó SJ
El avaro, óleo sobre lienzo de David Tenier el joven (1648 aprox.), Galería Nacional de Londres
Dijo Jesús: «Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas importantes. Por lo tanto, si ustedes no han sido dignos de confianza en manejar el sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son realmente nuestros? Ningún siervo puede servir a dos patrones, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero". Los fariseos escuchaban todo esto, pero se burlaban de Jesús porque eran personas apegadas al dinero. El les dijo: "Ustedes aparentan ser gente perfecta, pero Dios conoce los corazones, y lo que los hombres tienen por grande, lo aborrece Dios».
San Lucas consigna tres aplicaciones prácticas de la parábola de Jesús sobre el administrador sagaz, que giran en torno al tema de la actitud cristiana frente a los bienes de este mundo. La primera: Gánense amigos con los bienes de este mundo, recomienda actuar con la misma sagacidad de los hijos de este mundo frente a las exigencias del Reino; la segunda: el que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho, señala la necesidad de una administración responsable de los bienes materiales; y la tercera, ningún criado puede servir a dos señores, sintetiza la actitud general que debe tener el cristiano frente al dinero y los bienes materiales: tiene que optar por Dios por encima de todo, pues vivir en una búsqueda febril del dinero, que subyuga y esclaviza, es una contradicción.
Jesús insta a los discípulos (y junto con ellos a todos los cristianos) a administrar los bienes que poseen mirando siempre la finalidad para la que están en este mundo, pues de lo que hagan o dejen de hacer con lo que poseen en la tierra puede depender su destino eterno; el proceder humano tiene una proyección trascendente.
Apreciando la habilidad de los «hijos de este mundo» en sus negocios, el cristiano no puede ser menos creativo y sagaz en lo referente al servicio de Jesús y del reino. Tiene que aprender a usar los bienes materiales para ayudar a los pobres, ganar su amistad compartiendo con ellos los bienes. Así, a la hora de la muerte, cuando los bienes de este mundo ya no le sirvan para nada, ellos lo acogerán en la casa del Padre.
En tiempos de Jesús y en la literatura judía se solía darle al dinero el calificativo de “injusto”, no porque en cada caso lo fuera sino porque en general, y según la experiencia, connotaba la idea de injusticia. Ejemplo de ello es este proverbio: Muchos han pecado por buscar ganancia, el que quiere enriquecerse hace la vista gorda (Eclo 27, 2). Al emplear, pues, la expresión “dinero injusto” lo que hace Jesús es señalar que el empleo de las riquezas es de por sí peligroso para la salvación, y ha de hacerse, por tanto, con sumo cuidado.
Quien tiene dinero ha de ser consciente de que se le ha confiado su administración y debe procurar su recto empleo, no para su propio lujo y placer egoísta sino para compartirlo e invertirlo para fines buenos y mirando siempre al bien común. En la lógica de Jesús, lo poco e insignificante es el dinero, lo mucho y lo sustancial son los valores del reino; los bienes materiales son relativos, los del reino son absolutos; las riquezas son ajenas a la persona, pues se quedan en este mundo, los bienes del reino son lo suyo, lo que perdura y define la calidad de la persona.
Queda claro, por tanto, que cuando el dinero se convierte en un fin en sí mismo y se vuelve lo más importante en la vida, el corazón de la persona se llena de ambición y acaba haciéndose esclavo de sus bienes. Por eso es tan categórico Jesús: no se puede servir a Dios y al dinero. No hay más alternativa.
El dinero tiene una extraordinaria fuerza de atracción, se  deifica y se convierte en ídolo, con todas sus consecuencias. Por eso, en la administración de sus bienes el cristiano no puede olvidar que su “bien propio” es Dios, las “moradas eternas”, el proceder como “hijos de la luz”. 
El dinero adquirido “legítimamente” y usado para ayudar al prójimo atrae de Dios la recompensa. Dios está en quienes se benefician de su buena administración –amigos, pobres, prójimos, bien común del país– por eso es Dios quien recompensará toda obra de amor solidario cuando el dinero y los bienes terrenales dejen de tener valor, esto es, a la hora de la muerte. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo…, porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón (12, 33s). La interpelación al discípulo queda planteada con toda su radicalidad. ¿Qué escoges? ¿A quién quieres servir?

viernes, 10 de noviembre de 2017

Parábola del administrador sagaz (Lc 16, 1-14)

P. Carlos Cardó SJ
Parábola del administrador infiel, óleo sobre lienzo de Marinus van Reymerswale (1540), Museo de Historia del Arte de Viena
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”.
El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo. Dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Éste respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta”.
El amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.Por eso les digo: Utilicen el sucio dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a ustedes en las viviendas eternas. El que ha sido digno de confianza en cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas importantes.
Por lo tanto, si ustedes no han sido dignos de confianza en manejar el sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son realmente nuestros? Ningún siervo puede servir a dos patrones, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero». Los fariseos escuchaban todo esto, pero se burlaban de Jesús porque eran personas apegadas al dinero.
La parábola del administrador sagaz, desconcierta, parece oscura: se podría pensar que Jesús alaba la actuación de un empleado que, al haber perdido su puesto de trabajo por su mala administración, busca quien lo auxilie cuando se quede sin recursos, pero lo hace en una forma desaconsejable desde el punto de vista ético. Hay que recordar que las parábolas se entienden cuando se distingue su contenido central y se aprecia el sentido que Jesús (y la comunidad de Lucas) pretendió dar a sus palabras.
Se acusa al administrador de malgastar los bienes de su patrón. Pero no se dice, en concreto, si esta mala administración es por negligencia, por estafa, o por imprudencia.  Por eso algunos comentaristas suponen que ha sido un «desaprensivo»: ha actuado sin atenerse a las reglas o sin tener en cuenta los derechos de los demás. El hecho es que el administrador no se defiende ni ruega al propietario que lo perdone y lo mantenga en su puesto (cf. Mt 18,26).
Se sabe que en la Palestina del tiempo de Jesús, y en general en Medio Oriente, era común que un terrateniente residiera en otra región y que encomendara a un administrador la gerencia de sus propiedades. El administrador debía ser un hombre competente y de confianza porque representaba al propietario y podía realizar toda clase de transacciones, como alquilar tierras, dar créditos avalados por las cosechas, fijar los intereses y aun liquidar deudas. Se sabe también que el administrador recibía una comisión por los préstamos que hacía y que en el recibo o aval fiduciario que entregaba al deudor figuraba su comisión junto con la cuantía del préstamo y con los intereses. Esa práctica era habitual en el antiguo Medio Oriente.
¿Por qué alaba el propietario al administrador? Es obvio que no podía aprobar una falsificación de cuentas realizada por su propio gerente, lo cual además implicaba una violación directa de la ley judía. Lo que el dueño elogia es la sagacidad de su administrador, que, para congraciarse con los deudores les hace escribir un nuevo «recibo» (poniendo en vez de cien barriles de aceite el valor de cincuenta y en vez de cien sacos de trigo sólo ochenta), eliminando así la comisión que solía cobrar y probablemente también los intereses, que él mismo fijaba.
Sólo así su conducta mereció la alabanza de su jefe. De modo que la parábola no aprueba ningún tipo de irregularidad administrativa ni menos la estafa por falsificación de cuentas, sino la perspicacia con que supo actuar el gerente, renunciando incluso a lo que era suyo, para tener quien le ayude al ser despedido de su trabajo.
La aplicación de la parábola es clara: frente a las exigencias del Reino de Dios, el cristiano no puede actuar irreflexivamente, sino que tiene que calcular bien las consecuencias que le puede acarrear la vida que está llevando, y estar dispuesto incluso a renunciar, si es preciso, a sus posesiones materiales. Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz, dice Jesús. Aquellos persiguen objetivos bajos y rastreros; los cristianos tendemos a una meta mucho más elevada: el Reino, su justicia, la salvación; pero con frecuencia no ponemos todos los medios adecuados para ello.
El poner los medios adecuados tiene especial importancia en lo referente a la administración de los bienes materiales: desde el punto de vista evangélico son dones recibidos, que se han de distribuir y no acumular únicamente para el propio provecho, porque eso es egoísmo e injusticia.
El mundo no se rige con criterios así. Lucas, el evangelista de los pobres, lo sabe y observa, además, que quienes oyeron esta enseñanza la rechazaron: estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él (v.14). No entendieron el mensaje de Jesús. Los que siguen al mundo tienen como único interés el propio lucro, y la propia satisfacción. Los que siguen a Cristo han de proceder con otros criterios, según los cuales se ganarán amigos por poner los bienes de este mundo al servicio de los demás.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Jesús y el templo (Jn 2, 13-22)

P. Carlos Cardó SJ
Jesús expulsa a los mercaderes del templo, óleo sobre lienzo de Jacopo Bassano (1570), Galería Nacional de Londres
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas, sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo.A los que vendían palomas les dijo: "Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado". Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: "Me devora el celo por tu Casa". Los judíos intervinieron: "¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?" Jesús respondió: "Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días".Ellos contestaron: "Han demorado ya cuarenta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?" En realidad, Jesús hablaba de ese Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo.
El templo era el principal lugar del culto judío, cuyo rito central era el sacrificio del cordero pascual. Miles de corderos se inmolaban en el atrio del templo. En los sacrificios se quemaba la grasa de los animales y la carne se dividía: una parte se llevaba a las casas para la comida pascual y otra se destinaba al santuario para ser vendida por los sacerdotes.
Además, como los corderos tenían que ser puros, el templo garantizaba su pureza suministrando sus propios animales a un precio más caro. Aparte de esto, todo israelita tenía que pagar al templo un impuesto de medio siclo de plata (Neh 10,33-35; Mt 17,23.24) en moneda nacional, no extranjera (considerada impura), para lo cual se montaron mesas de cambistas.
Con el correr del tiempo, el templo se enriqueció: tenía campos, rebaños, carnicerías, curtiembres y talleres de hilados y confecciones de lana, con cientos de trabajadores. Llegó a ser una poderosa empresa administrada por los sacerdotes, que amasaron grandes fortunas con aquel negocio abominable.
Nadie criticaba esa corrupción: ni los nacionalistas celotes que veían el templo como el símbolo de la nación; ni los fariseos que exigían el cumplimiento de las leyes; ni los intelectuales escribas que las interpretaban; ni los ricos saduceos que se habían apoderado de la función sacerdotal.
Jesús no se deja impresionar por la riqueza y poder de aquella institución. Su conciencia crítica lo lleva a desenmascarar aquella perversión. Su gesto no es un simple arrebato de ira, sino que expresa la actitud valiente de los grandes profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la defensa de la verdadera religión. Expulsando a los mercaderes, Jesús reprueba aquella corrupción insoportable que consiste en usar a Dios para obtener ganancias y oprimir a la gente. El templo, el mundo de lo religioso, no puede dividir a las personas, generando privilegios y poderes indefendibles.
El gesto de Jesús va acompañado de un anuncio: Destruyan el templo y en tres días lo construiré. Los judíos, tomando la frase al pie de la letra y aplicándola al templo de piedra, la usarán como la acusación formal para conseguir la “sentencia” de muerte contra Jesús.
Los discípulos, por su parte, sólo la entenderán en la mañana de Pascua. Se acordaron de lo que había dicho, y creyeron..., es decir, que el edificio del templo podía caer (como de hecho ocurrió con la destrucción de Jerusalén por las tropas de Tito el año 70), pero que el cuerpo de Jesús, destruido en la cruz por el pecado del mundo, sería resucitado y levantado a lo alto por Dios, como el templo nuevo de su presencia continua en su pueblo, el santuario de la adoración en espíritu y en verdad (de que habló Jesús a la Samaritana – cf.  Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”.
Así mismo, nosotros somos también el templo de Dios. ¿No saben –dice san Pablo– que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo y ese templo son ustedes (1 Cor 3,16). El mismo Pablo considera la vida cristiana como una construcción, cuya piedra fundamental es Cristo, que crece hasta formar un templo consagrado al Señor, del que formamos parte por medio del Espíritu (Cf. Ef 2,19-22) para ser morada de Dios.
El pecado y el mal de este mundo destruyen el templo santo que es la persona humana. Con nuestros desórdenes personales, llenamos el templo que somos nosotros con otros dioses, objetos de nuestro interés, que son indignos del lugar santo; convertimos nuestro templo en un lugar de comercio. El Señor viene y limpia, recupera y rehace.
San Pedro en su primera carta da un contenido comunitario a la imagen del templo y dice: ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5).
La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. En él, la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios. En este templo, además, todos somos necesarios, como son todas necesarias las piedras del edificio. Formamos una unidad por encima de raza, lengua, o nación. No hay poderes sino servicios diversos, carismas y dones que Dios distribuye para que actúen en comunión y se pongan a disposición de los demás, a fin de constituir un cuerpo en el que no haya ninguna división.