martes, 16 de enero de 2018

El Hijo del hombre es señor del sábado (Marcos 2, 23-28)

P. Carlos Cardó SJ
Discusión  sobre la Torah, óleo sobre lienzo de Boris Duvrov (2016), colección privada, Israel
Un sábado en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le dijeron: "¡Mira! ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?".  El les respondió: "¿Ustedes no han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus compañeros se vieron obligados por el hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en el tiempo del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió y dio a sus compañeros los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes?". Y agregó: "El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del hombre es dueño también del sábado".
El marco del relato es el siguiente: los discípulos de Jesús atraviesan un campo y sienten hambre. Recogen unas espigas de trigo, las restriegan entre las manos y comen los granos. Este simple hecho escandaliza a los fariseos: ¡hacen en sábado lo que no está permitido! Jesús aprovecha la ocasión para defender la libertad y amplitud de espíritu que quiere que tengan sus discípulos.
La ley está al servicio de la persona humana, no está dada para oprimir. Por eso, ante la necesidad, la ley cede; no es un absoluto. Para demostrarlo, Jesús argumenta poniendo el ejemplo de David que entró en el santuario, tomó los panes consagrados –que sólo podían comer los sacerdotes– y comió él y sus soldados porque tenían hambre (Cf. 1Sam 21, 2-7).
Recordaba así a los fariseos que la necesidad humana estaba por encima incluso del culto y de lo referente al templo. Puede dejarse el sentido literal de la ley cuando lo exige una necesidad más elevada. Las normas son para orientar en las relaciones con Dios y con los demás, pero por encima están las necesidades vitales.
A partir de esa enseñanza, Jesús pasa a tratar el tema del sábado. Moisés, inspirado por Dios, había dejado a los israelitas este precepto: Durante seis días trabajarás y harás todos tus trabajos. Pero el día séptimo es día de descanso en honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el extranjero que habita contigo.
El descanso, por tanto, no había sido impuesto como una prueba, como un deber riguroso, sino como un recurso humano para asegurarle a todos, judíos y no judíos, libres o esclavos que pudieran tener un día semanal para reparar las fuerzas, estar en familia, y, sobre todo, honrar a Dios recordando el descanso que tuvo el Creador al concluir su obra (Ex 20, 8-11), y acordándose de que fueron esclavos en Egipto y el Señor los liberó (Dt 5,12-15).
Por su significación y por su contenido de memorial, el sábado pasó a convertirse en un elemento fundamental de la espiritualidad judía, hasta hoy, la espiritualidad del Shabat. El descanso sabático es una solemne proclamación de la identidad del judío y de su nación: identidad de hijos y pueblo de la alianza, que vale no por lo que produce o posee sino por lo que es.
El sábado recuerda a los israelitas que no son simples ciudadanos, trabajadores, o consumidores. El Shabat no es una simple costumbre ni un simple medio para el ordenamiento social del trabajo mediante el descanso obligatorio, sino la afirmación pública y rotunda de que Israel es el pueblo de Dios, que obra según Dios.
Sin embargo, en tiempos de Jesús la espiritualidad del Shabat había quedado  deformada por el rigorismo y la intransigencia de los rabinos fariseos. El precepto del sábado que en su origen había tenido un fuerte sentido liberador, al asegurar a todos el descanso semanal, y que era día santo para honrar a Dios, se había convertido en una ley opresora.
Jesús no sólo devuelve a la práctica del descanso sabático su verdadero sentido, sino que con su afirmación: El sábado está hecho para el hombre, pone al sábado en relación y al servicio del hombre. Como todas las observancias morales, ritos, celebraciones liturgias y prácticas religiosas, por medio de las cuales se expresa la fe, tampoco el sábado es un fin en sí mismo. Todo ello es medio al servicio del ser humano
Finalmente, la declaración: El Hijo del hombre es señor también del sábado, debió sonar a los oídos de los dirigentes del pueblo como una pretensión insoportable. En el evangelio de Juan aparece claro: perseguían a Jesús porque hacía obras como éstas (curar a un paralítico) en día sábado, pero Jesús les replicó: Mi Padre no cesa de trabajar hasta ahora y yo también trabajo. En vista de esto trataban de matarlo porque no sólo no respetaba el sábado sino que además decía que Dios era su Padre, y se hacía igual a Dios (Jn 5,19). 
Jesús, por tanto, no trasgrede el sábado sino que lo supera, haciendo lo que hace Dios su padre. En adelante, Jesús es quien transmite la identidad al nuevo pueblo de Israel y quien realiza la verdadera y plena liberación. Queda atrás el sábado como signo y recuerdo. Se ha hecho realidad aquello de lo que el sábado era signo. Se ha inaugurado con Jesús el definitivo séptimo día, día del encuentro de Dios con sus hijos, sábado eterno, tiempo de gracia y salvación en que se cumple lo anunciado: Habitaré en ellos y caminaré junto a ellos (Lv 26,12; 2Cor 6,16). 

lunes, 15 de enero de 2018

Vino nuevo en odres nuevos (Mc, 2, 18-22)

P. Carlos Cardó SJ
Vasijas para vino halladas en excavaciones arqueológicas

Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decirle a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos? Es natural que no ayunen, mientras tienen consigo al esposo. Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!". 
Los fariseos están al acecho para ver de qué pueden acusar a Jesús. Seguramente lo han visto a Él y a sus discípulos comiendo en casa del publicano Leví. Por eso le preguntan: Por qué razón… tus discípulos no ayunan?  
Jesús les contesta indirectamente haciéndoles ver el significado de su presencia. Él trae consigo la realización de aquello que se esperaba para el tiempo del Mesías. Su venida inaugura la fiesta anunciada por los profetas: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado… para consolar a los afligidos…; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala” (Is 61, 1.3).
Jesús dice de sí mismo que es el novio y que sus seguidores son los amigos del novio. La metáfora del “novio” o del “esposo” la usaban los profetas para designar a Dios, que se había unido a su pueblo Israel con una alianza de amor y fidelidad. Jesús se la aplica. Afirma con ello que ocupa el lugar de Dios y que la antigua alianza da paso a la nueva, que consiste ahora en vincularse a Dios presente en su persona.
La relación con Dios es directa, la presencia de Dios se ha hecho inmediata. Por tanto, el perdón no depende del ayuno penitencial y expiatorio, sino de la adhesión personal a Jesús. De eso se trata, de adherirse a Él, de seguirlo por medio de una relación de amistad (como amigos del novio) y no como un sometimiento a normas venidas del exterior. Jesús pasa a ser la norma interior de vida. Su persona, su tarea, su modo de proceder, sus actitudes e ideales se convierten en el referente del cristiano en todo su comportamiento.
En esto consiste la novedad que trae consigo el evangelio. Para reforzar la idea, Marcos añade dos parábolas sobre el remiendo del vestido viejo con tela nueva, que acaba por romperlo más, y el vino nuevo que se guarda en cueros viejos y los hace reventar. La advertencia es clara: son inconciliables lo nuevo y lo viejo, es peligroso intentar acomodarlos. Los valores del reino que Jesús transmite son incompatibles con el tejido de la antigua ley y religión. Es necesaria la renovación, a la que el mismo Jesús exhorta desde el inicio de su predicación: ¡Cambien de vida y crean en el evangelio! (Mc 1, 15).
La conversión a Cristo es lo que hace posible mantener el sentido de la fiesta y de la alegría como característica de la vida del cristiano. Jesús, el Novio, nos hace imaginar un “estado permanente de boda”, una existencia en la que es posible experimentar de continuo el amor incesante del Padre por nosotros, por nuestro mundo y por nuestra historia. Además, el Novio nunca se irá. Por eso la fiesta tiene rango de valor cristiano permanente. Tendrán una alegría que nadie les podrá quitar (Jn 16,22).
Pero hay que entenderla bien. Fruto de la alegre noticia que es el evangelio, la alegría cristiana no es simplemente el sentimiento natural de optimismo, ni menos aún el cinismo o frivolidad de quien no percibe que hay muchas cosas en el mundo que deben ser negadas, suprimidas o cambiadas radicalmente porque causan dolor y sufrimiento.
Siempre la alegría cristiana, más que cualquier otra virtud, puede ser mal empleada y manipulada. Pero si es auténtica, es todo un programa de vida. La alegría del evangelio incluye afirmar que la vida humana, la propia y la de los demás, es digna de aceptación, debe ser respetada y servida, y puede así convertirse en fuente de gratitud. 
Por eso, no se da sin amor: la alegría sin el interés práctico propio del amor, no es más que una vana ilusión; así como el amor, sin la amabilidad de la alegría, degenera en un frío deber o en una actitud de dominio. Por ahí es por donde adquieren sentido válido y eficiente para nosotros hoy las palabras de Jesús: ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?

domingo, 14 de enero de 2018

Homilía del II Domingo del Tiempo Ordinario - Vocación de los Primeros Discípulos (Jn 1, 35-42)

P. Carlos Cardó SJ
Llamamiento de los santos Pedro y Andrés, óleo sobre lienzo de Caravaggio (1603-1606), Colección Real del Reino Unido, Palacio de Buckingham, Londres
Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: "Este es el Cordero de Dios". Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: "¿Qué quieren?". Ellos le respondieron: "Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?". "Vengan y lo verán", les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús.
Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas", que traducido significa Pedro. 
El primer encuentro de los discípulos con Jesús sirve de marco al evangelista Juan para proponer una enseñanza capital sobre la fe cristiana. Ésta no consiste únicamente en la adhesión a una doctrina, a unas normas éticas o a una práctica social. La fe es un encuentro con alguien que viene a nosotros y se nos comunica. Y a partir de ese encuentro, se siente el deseo (y la gracia) de conocerlo cada vez más, imitarlo y seguirlo.
El cuadro de la narración es el siguiente: dos discípulos atraídos por Jesús, se van tras Él. La fe que ha nacido en ellos desde que Juan Bautista les dijo: “Miren el Cordero de Dios”, los ha puesto en movimiento con el deseo de conocerlo y seguirlo. “Seguir”, en el texto bíblico, significa andar tras una persona que señala el camino. La fe es aceptar a alguien como guía de la propia vida.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan? (v. 38). Es la pregunta crucial, que todo el que se diga seguidor de Cristo debe plantearse. Porque puede haber diversas motivaciones en la búsqueda de Jesús, algunas de ellas equivocadas: como la de aquellos que se le acercan porque le han visto hacer milagros (Jn 2, 23-25), o porque “comieron pan hasta saciarse” (Jn 6,26). Uno puede creer que sigue a Cristo pero, de manera interesada y, en realidad, buscándose a sí mismo.
Le contestaron: Rabbí (que equivale a “Maestro”)... (v.38). Con este título respetuoso de “Rabbí”, los discípulos indican que toman a Jesús por guía y están dispuestos a oír y seguir sus enseñanzas. En tiempos de Jesús, la relación maestro-discípulo no se limitaba a la transmisión de unos conocimientos o de una doctrina, sino que se aprendía un modo de vivir. La vida del maestro era pauta para la del discípulo.
Maestro, ¿dónde vives? (v. 38b). Los discípulos quieren conocer dónde vive Jesús, cuál es su modo de vivir, para estar cerca de Él y vivir bajo su influjo. Jesús les dijo: Vengan y lo verán (v.39). “Venir” y “ver” son verbos que emplea el evangelista Juan para indicar la experiencia personal fundamental de la que brota la fe. Los discípulos tienen que ver por sí mismos, experimentar la convivencia con el Maestro. En esa experiencia es donde hallarán respuesta a sus búsquedas. Jesús dirá: En donde yo esté, allí también estará mi servidor (12,26). El “lugar” donde está Jesús, donde Dios viene a nuestras vidas, no puede conocerse por mera información, sino por una experiencia personal.
Fueron, pues, vieron dónde vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él. Era alrededor de las cuatro de la tarde (v. 39). El evangelio precisa que aquello ocurrió a las “cuatro de la tarde”. Detalle importante porque a partir de esa hora todo comenzó y sus vidas quedaron marcadas para siempre. Y hay algo más en esa determinación de la hora en que Jesús llamó a sus primeros discípulos: se trata de un acontecimiento cuya significación trasciende la experiencia personal de aquellos hombres, porque es ahí cuando nace la nueva comunidad.
El encuentro con el Señor y la disposición de seguirlo confiere a la persona una nueva ubicación en la vida: sus criterios, deseos, planes y proyectos, sus relaciones con los demás, con las cosas y con Dios y aun sus más íntimos sentimientos, todo va a ser distinto porque ahora verán todo como Jesús lo ve y van a querer obrar como Jesús obró.
Las dudas y dificultades vendrán –el llamamiento no las suprime– pero lo que los mantendrá perseverantes en el seguimiento del Señor será la memoria agradecida de aquella experiencia primera que iluminó sus vidas para siempre. Podrán decir con San Pablo: Para mí el vivir es Cristo (Filp 1,21).

sábado, 13 de enero de 2018

Vocación de Leví y comida con pecadores (Mc 2, 13-17)

P. Carlos Cardó SJ
Llamamiento de Mateo, óleo sobre lienzo de Caravaggio (1599-1600), iglesia de San Luis de los Franceses, Roma
Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: "¿Por qué come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Jesús ha venido a formar una comunidad unida, que integre a todos, que no permita que nadie se sienta excluido ni nadie se sienta superior a los demás; todos unidos, con Él en el centro, en la misma casa, en la misma mesa.
Leví estaba en su banco de publicano, inmóvil como el paralítico (del pasaje anterior, Mc 2, 1-12), inmerso en su trabajo sucio: cobraba impuestos y se enriquecía haciendo trampas. Es difícil que un rico entre el reino. Pero para Dios nada es imposible. La mirada de Jesús rehabilita a Leví, le hace sentirse valioso, que cuenta con él.
Pero este gesto de Jesús, tan humano, resulta provocador. Ningún judío decente se juntaba con publicanos. Sin embargo, Jesús no sólo se acerca a Leví sino que lo llama a formar parte de su grupo de íntimos. Y, lo que es peor, va a aceptar ir, junto con sus discípulos, a sentarse a la mesa con “muchos publicanos y gente de mal vivir”. Los seguidores de Jesús toman conciencia de que el Dios que viene a ellos en la persona de Jesús no es el dios excluyente y discriminador del judaísmo fariseo. El Dios revelado en Jesús es un Dios de misericordia, que acoge a los perdidos y los rehabilita.
El relato se centra luego en el símbolo del banquete. El anuncio profético del Reino como un banquete que Dios tendrá preparado para sus elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer en la cultura judía: no sólo celebraban anualmente la comida del cordero como el memorial de la liberación de Egipto, sino que los banquetes festivos en general eran expresión de valores compartidos; en ellos se oraba, se establecían alianzas, se restablecían amistades, se forjaba la unión y, sobre todo, se hacía presente el Reino mesiánico.
En él, Dios comía con sus elegidos, lo otros quedaban excluidos. Pensando en esto, el judío sólo podía sentarse a la mesa con aquellos que podían ser contados entre los elegidos por Dios para su banquete. “Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos”, decía la regla puritana de Qumram.
Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como si fuesen apestados. Jesús es enviado para reconciliar, integrar y unir. Más aún, en su forma de actuar se ve que Dios se acerca a los excluidos, incluso a los pecadores públicos. Entre estos últimos destacan sin duda los publicanos por su odioso oficio de recaudadores de los impuestos para los romanos y porque, generalmente, lo practicaban de manera fraudulenta.
Los seguidores de Jesús toman conciencia: la comunidad cristiana está formada por pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios en Jesucristo. Cada miembro de la comunidad puede verse en Leví el publicano, o entre los pecadores invitados a la mesa. La comunidad, por tanto, no puede excluir ni hacer discriminaciones; debe revelar siempre el rostro misericordioso del Dios de Jesús.
El relato acaba con estas palabras: Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Los “justos”, satisfechos de sí mismos, no quieren cambiar. Los pecadores,  que reconocen que su pasado los oprime, y se muestran dispuestos a iniciar una nueva vida, a esos los busca el Señor. 
El contenido simbólico del banquete lo revive el cristiano en la Eucaristía, en la que Cristo se hace presente, y se anticipa de manera eficaz la nueva humanidad reconciliada.