lunes, 29 de mayo de 2017

¡Yo he vencido al mundo! (Jn 16, 29-33)

P. Carlos Cardó, SJ
Cristo se retira a la montaña por la noche, acuarela sobre grafito de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York
En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: "Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios". Les contestó Jesús: "¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo".
Ahora hablas claramente sin usar comparaciones. Ahora estamos seguros de que lo sabes todo, le dicen los discípulos a Jesús, como si no les hubiera revelado quién es Él y por qué fue enviado al mundo por su Padre. Creemos que has venido de Dios, afirman resueltamente, pero hay algo fundamental que no entienden ni mencionan: que Jesús ha de volver a su Padre, pasando por la cruz, donde va a ser glorificado. Saben mucho de Jesús, es verdad, y se muestran seguros de sí mismos, pero no han comprendido el destino de Jesús y razonan a partir de sus propias deducciones. Se puede saber mucho sobre Jesús, pero no entenderlo real y profundamente.
Algo similar había ocurrido con Pedro que se ufanó ante el Señor: ¿Por qué razón no soy capaz de seguirte ya ahora? Daré mi vida por ti. Y él le respondió anunciándole que le iba a negar tres veces. Los discípulos, por su parte, dicen comprender, pero Jesús sabe que después no creerán lo que vean, se escandalizarán de la cruz. Se dispersarán como el rebaño cuando sea golpeado el pastor y se harán fácil presa del lobo (cf. Mt 26, 31; Zac 13, 7). Todos lo abandonarán, excepto su madre y el discípulo. Pero Él seguirá con ellos y, cuando vuelva al Padre, les enviará al Espíritu de la verdad, que los guiará al conocimiento de la verdad completa.
Pero yo nunca estoy solo. El Padre está conmigo, afirma Jesús a continuación como rectificando sus palabras. Alude así a la lucha interior que libra y que supera con la confianza absoluta que le viene por su comunión con el Padre. Ya en otras ocasiones había mencionado esta unión: No estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado (Jn 8, 16). Y Aquel que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada (Jn 8, 29).
Esta íntima e inquebrantable confianza es lo que lo mantendrá fiel en la prueba suprema. Más aún, su conciencia de la presencia constante de su Padre junto a Él, que San Juan pone de relieve, contrasta con la extrema soledad que, según los evangelios sinópticos, experimentó Jesús al punto de morir, sintiéndose obligado a gritar: ¡Elí, Elí, lammá sabactaní! ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). La visión que tiene el evangelista Juan es distinta. En la cruz, Jesús llevará a pleno cumplimiento el plan de salvación que el Padre le encomendó, morirá afirmando: todo se ha cumplido, e inclinando la cabeza nos dará su Espíritu.
Por eso, en la víspera de la pasión, Jesús se despide de los discípulos, fortaleciendo su confianza con la certeza de su victoria sobre el mal y la muerte. Es su postrer deseo, que estén siempre en paz, cualquiera que sea la aflicción que sientan en el mundo. Les he dicho esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡tengan ánimo! ¡Yo he vencido al mundo!
A lo largo de la historia, la injusticia, los desórdenes y las desigualdades en el mundo seguirán siendo causa de muchos sufrimientos. Por eso, los deseos de paz que Jesús expresa a sus discípulos no buscan solamente animarlos, sino moverlos a asumir el compromiso de ser, en medio de la oposición y tribulaciones del mundo, testigos de su triunfo, por eso su exclamación firme y convincente: ¡Yo he vencido al mundo! Es lo que sostendrá la confianza del cristiano en toda circunstancia por adversa que sea.



domingo, 28 de mayo de 2017

Homilía de la Ascensión del Señor (Hch 1,1-11; Mt 28, 16-20)

P. Carlos Cardó, SJ
La ascensión de Cristo, óleo sobre lienzo de Dosso Dossi (siglo XVI), colección privada, Milán, Italia
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo". 
El Señor se va, pero deja a sus discípulos la certeza de que no los abandona. Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos. La comunidad que ellos forman, y que da inicio a la Iglesia, vivirá de esta vivencia de su presencia continua y dará testimonio de ella. Ustedes serán mis testigos.
Los Hechos de los Apóstoles y los evangelios describen el paso de Jesús de este mundo al Padre, con un lenguaje simbólico que corresponde a la idea que se tenía del mundo en aquella época. Se pensaba el universo dividido en tres niveles: el cielo (la casa de Dios), la tierra (el lugar de las criaturas) y los infiernos (lo que está abajo, el lugar de los muertos). Por eso se dice que Jesús “desciende” a los infiernos como los muertos y “sube” después a los cielos de donde procedía. Con ello, lo que la Sagrada Escritura nos quiere decir es que la resurrección del Señor culmina en su ascensión. Jesucristo vuelve a su Padre, vive y reina con Él para siempre. Por eso, ascensión es sinónimo de exaltación.
Jesús asciende a su Padre y, al hacerlo, asume y recoge en sí todos los deseos de sus hermanos. Su elevación nos da la certeza de hallar lo que nos ha prometido, que corresponde al anhelo profundo de la humanidad. Los recuerdos que de ahora en adelante nos hablen de Él, no inducirán a la nostalgia sino a la certeza de que Jesús en verdad ha resucitado y volverá.
Ya no estará físicamente presente con sus discípulos, como lo estuvo durante su vida terrena; ahora estará dentro de ellos, en lo íntimo de su ser. “Yo estaré con ustedes todos los días” (Mt 28, 20). San Pablo dirá que esa nueva forma de hacerse presente Cristo se realiza por medio del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones. No permanece únicamente como un recuerdo de sus palabras, de su doctrina, del ejemplo de su vida. No, Él nos deja su Espíritu, es decir, infunde en nosotros su amor, que es la esencia misma del ser divino. Por el Espíritu, que nos envía desde el Padre, la vida divina penetra en las profundidades más secretas de la tierra y de nuestros corazones. Llevando consigo nuestra realidad humana, que Él hizo suya por su encarnación, nos hace capaces de compartir su vida divina. Es lo que agradecemos en el prefacio de la misa de hoy: porque Cristo, “después de su Resurrección, se apareció visiblemente a todos sus discípulos y, ante sus ojos, fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad”.
Con su ascensión, Cristo no abandona el mundo; adquiere una nueva forma de existencia que lo hace misteriosamente presente en el corazón de la historia. Por eso no se le puede buscar entre las nubes sino en la tierra en donde permanece. Huir del mundo es una tentación, porque Cristo no ha huido. Los ángeles, en el relato de Hechos, corrigen a los apóstoles que se quedan parados mirando al cielo. Ellos hacen ver a los apóstoles que la Iglesia debe mirar a la tierra y realizar en ella la misión que Jesús le ha confiado.
En el relato de Mateo, el monte representa a la Iglesia, como el lugar para el encuentro con el Resucitado. Jesucristo prolonga en ella el poder de su palabra y de sus acciones salvadoras. Su resurrección no ha sido solamente una superación de su existencia terrena, que lo mantiene en el pasado, y hace de su palabra una enseñanza memorable como la de los grandes filósofos y pensadores de la humanidad. Por su resurrección el Señor sigue actuando y su palabra adquiere una perenne actualidad por medio de la Iglesia. De este modo, Jesús la constituye como el punto indispensable de referencia para que todos puedan oír en ella su palabra y orientar su vida por el camino de la salvación.
Jesús envía a sus apóstoles a hacer discípulos, no simplemente a anunciar y, menos aún, a adoctrinar, sino a proponer de tal manera la buena noticia de la salvación, que los oyentes puedan tener un encuentro personal con Cristo, del que brote el deseo de seguirlo como los discípulos que dejaron redes y barca y se fueron tras Él.
Hacer discípulos es establecer las condiciones para que los oyentes del evangelio tengan con Jesús las mismas relaciones de cercanía, amistad y disponibilidad, que constituían el discipulado de Jesús. En él, sus discípulos, a diferencia de los discípulos de los rabinos judíos, no se limitaban únicamente a oír sus instrucciones y adquirir conocimientos, sino que asumían un nuevo modo de ser, a imitación del modo de ser de Jesús.
La Iglesia no ha quedado sola en su largo y fatigoso peregrinar en la historia. Jesucristo la acompaña, sostiene y purifica para que sea en medio del mundo “como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia, 1). Fiel a su Señor, la Iglesia, por su parte, no podrá nunca desear o pretender otra cosa que “continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no ser servido” (Vaticano II, La Iglesia en el mundo actual, 3).



sábado, 27 de mayo de 2017

Si piden algo al Padre, se lo concederá (Jn 16, 23b-28)

P. Carlos Cardó, SJ
Dios Padre con el Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Pompeo Batoni (1779), Basildon Park, Londres
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre".
En diversos pasajes de los evangelios sinópticos aparece la recomendación de Jesús de orar al Padre con toda confianza. Lo que más pone de relieve el evangelista San Juan es el orar en el nombre de Jesús. Aquel día pedirán en mi nombre; sin embargo, no les digo que intervendré ante el Padre por ustedes, ya que el Padre mismo los ama, porque ustedes me amáis y tienen fe en que yo he salido de junto a Dios.
En la Última Cena ya se lo había recomendado Jesús a los discípulos: Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, lo haré (14, 13). La precisión en mi nombre tiene, pues, mucha importancia porque es lo que ha de caracterizar la oración del cristiano y lo que le dará eficacia.
En primer lugar, orar en su nombre significa creyendo en él (v. 27), poniendo en Él toda mi confianza, unido a Él por la fe que me hace compartir su modo de pensar y de actuar. No es simplemente tener a Jesús como el intercesor válido y poderoso, ni significa que debo orar como representante suyo. En la oración (como en la vida toda), confieso que Jesús es el Señor a quien pertenezco, a quien he entregado “todo mi haber y poseer” porque es el centro de mi vida. Y eso es lo que su Padre ve. Esa es la razón por la que escucha al discípulo, porque pertenece a Jesús por la fe y el amor.
Los discípulos conocían ya a Dios como el Padre de Jesús, pero no tenían aún un conocimiento perfecto. Jesús les dice que lo que Dios es para Él y el amor que tiene a todos sus hijos e hijas, se les revelará claramente en la hora en que no les hablaré ya de forma enigmática, sino que les comunicaré abiertamente al Padre, es decir, en la hora de su muerte y resurrección. Entonces, por la acción del Espíritu que les enviará, y que lo mantendrá vivo en sus corazones, comprenderán realmente lo que Jesús les había querido revelar (cf.13, 7.36), acogerán esta comunicación y recibirán el poder de ser hijos e hijas de Dios (1, 12), que se sitúan con absoluta confianza ante su Padre. 
Por esto, dice Jesús a continuación: Aquel día pedirán en mi nombre; sin embargo, no les digo que intervendré ante el Padre por ustedes, ya que el Padre mismo los ama, porque ustedes me amán y creen firmemente que yo salí de junto a Dios. No será ya un simple intercesor de sus súplicas, porque él mismo estará en ellos, interior a ellos. Ellos se han unido al Hijo por la fe y el amor. Por eso el Padre los ama y los escuchará.

viernes, 26 de mayo de 2017

Bendito seas Padre (Mt, 11, 25-30)

P. Carlos Cardó, SJ
El Padre Eterno y el Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Paolo Caliari, el Veronese (1580), Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid, España
En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»
Es un texto fundamental del Nuevo Testamento. Tiene dos partes, la primera es una oración de Jesús, la segunda contiene el llamado “grito de júbilo” de Jesús.
En la oración de Jesús resalta su peculiar relación de intimidad con Dios, que le mueve a referirse a él llamándole Abbá. Pronunciada con toda la resonancia de su lengua natal, esta palabra permite advertir el conocimiento y amor mutuo que une a Jesús con Dios y que le permite dirigirse a él con el equivalente a nuestro apelativo cariñoso de papá. La palabra Abbá es central en el cristianismo porque expresa quién es Dios y quién es Jesús.
Este Dios-Padre, según Jesús, tiene una voluntad que debe cumplirse, el establecimiento de su reinado, que ha comenzado ya con la obra de su Hijo, pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Jesús se alegra de que, conforme a lo establecido por su Padre, son los pequeños y los pobres, que ponen toda su confianza en Dios, los que acogen y se benefician de este don salvador, mientras que los sabios y entendidos de este mundo, que sólo confían en sí mismos y no reconocen su necesidad de cambio, se quedan fuera.
En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!” Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud ante Dios que la del temor servil, que le mueve a cumplir la ley moral por el miedo al castigo o la esperanza del premio. Se puede ser así un cumplidor estricto de lo que está mandado, pero sin poner en ello el corazón.
Jesús no vino a abolir la ley, y alabó a quien la enseña hasta en sus detalles. Pero advirtió que lo que Dios quiere es el corazón, no simplemente las obras religiosas. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor.
Y yo los aliviaré”. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la confianza de saber que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la serena certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino de Dios, porque la “bondad” básica de la creación y de nuestro mundo ha sido ya definitivamente puesta en manos de Dios en el hombre Jesús de Nazareth resucitado.
Es este Espíritu de Jesús, hecho ley interna de la caridad y del amor, el que dará alivio y reposo (Yo los aliviaré) a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la mesa del Padre; la serena confianza de que allí donde mis débiles fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios.
La ley del amor no es carga que oprime. “Mi yugo es suave y mi carga es ligera”, dice Jesús. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y de ingenio, de creatividad y grandeza de ánimos. Ensancha el corazón. 
Responder a la invitación del Señor, “Vengan a mí…, que yo les daré descanso”, es aprender bondad, man­sedumbre, sencillez, amabilidad. No se puede reconocer a Dios, ni tampoco llegar a ser felices, si vivimos centrados en nosotros mismos y andamos sin tiempo para nada, agitados por el ansia de ganar más, tener más, obtener mayores éxitos productivos, pero incapacitados para poner quietud y silencio en nuestro interior, o sencillamente para disfrutar de los dones más bellos de Dios: la familia, las amistades...